Luis Fega, después del gesto.


Autor: Rubén Suárez
Publicación: La Nueva España 20-12-2012
El sacrificio de la fluidez y la expresividad directa en beneficio de una mejor consciencia plástica.

En un texto publicado con motivo de la anterior exposición de Luis Fega en esta misma galería, en 2009, comentaba yo casi en exclusiva una determinada obra, de título «Sumpel». Lo hacía porque pensaba que aquel cuadro podía muy bien suponer el comienzo de una nueva etapa en la pintura del artista ya que, en mi opinión, ponía de manifiesto unas nuevas relaciones entre los ingredientes plásticos que, desde hacía tiempo, venías caracterizando su manera pictórica. Es decir, la convivencia en la superficie del cuadro entre las formas geométricas, como elemento racionalizador, reflexivo, y sus grandes trazos gestuales negros, como elemento de intuición expresiva y del ajar. El orden y el caos, algo tan bien conocido y citado por la crítica y el público aficionado que no merece mayor comentario.

Ahora. Años después, Luis Fega vuelve a Gijón y entre la obra expuesta incluye dos magníficas pinturas que son continuación de aquel «Sumpel», más maduras y consistentes, junto a algunas que parecen de transición y luego otras que son diferentes versiones de su personal entrelazamiento entre el gesto y las geometrías, algunas de esas geometrías redondeadas y de sentido orgánico, con evocaciones paisajísticas incluso, más novedosas, y otras más frías y rectilíneas, rectangulares.

Volveré a centrarme por mi parte en las dos piezas a las que antes me refiero, y haré alguna consideración genérica. Pienso que siendo Luis Fega artista especialmente inquieto y caracterizado sobre todo por la tendencia a expresar plásticamente sus emociones del modo más espontáneo y directo, pero teniendo también la convicción de que un verdadero artista no debe repetir lo ya dicho sino intentar crear algo nuevo con su pintura, ha sentido la necesidad de darle a la geometría un papel nuevo en su obra, incorporándola como estructura compositiva básica, integrada, no entrelazada, aunque en otras obras siga siendo el gesto más libre, como anteriormente.

El nuevo planteamiento plástico supone sacrificar la fluidez y la expresividad directa de los grandes trazos negros en beneficio de la claridad, la estabilidad, el orden y la solidez del cuadro. Es, supongo, todo un debate interno. Porque la nueva pintura es de compacta integración entre forma y espacio, de planitud, menor volatilidad, más racional, intelectualizada y sujeta la composición a las leyes de la forma estable de su organizada disposición de planos, armonizados en estructura formal y relaciones cromáticas, demostrando con ello su capacidad de renovación sin perder las señas de identidad de su lenguaje.

Creada quizá desde cierto cansancio del gesto, parece esta nueva pintura más destinada a lo perdurable y de mayor consciencia plástica. Podría uno recordar a este respecto aquella reflexión de Cezanne, frente a lo cambiante y fugitivo de los impresionistas, sobre la necesidad de hacer un arte con la solidez del que está en los museos. Son museables estas piezas y, algo tienen, traducido a la modernidad, de cezanniano, de aquella ansiedad por lo estructurado que terminó en el cubismo que, siendo figurativo, fue el origen de la mayoría del formalismo abstracto posterior, o de Braque, con un toque de elegancia matisiano. El arte siempre responde a las mismas inquietudes, aunque tome la forma del tiempo en que es creado. Se puede citar a Kant: «Los sentidos se deforman, la mente forma».