Pelayo Ortega: Pintura y grabado


Autor: José A.Samaniego
Publicación: La Nueva España 4-3-2010
Recordando...

Pelayo Ortega nace en Mieres (1956). Reside en Gijón y recibe clases de dibujo en la Agrupación Gijonesa de Bellas Artes. Luego asiste a la Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo (1970-75), donde encuentra buenos maestros en serigrafía.
Realiza su primera exposición individual en la galería Atalaya de Gijón (1977). Se traslada a Madrid en 1975. Allí aprende técnicas de grabado con Dimitri Papagiorgiu. En 1990 decide regresar a Gijón, la ciudad de su infancia, fuente de inspiración para su obra, bien en la nostalgia del recuerdo o en la vivencia cotidiana.

En 1989 el Ministerio de Cultura premia «Semblanza de Gijón» como el más bello libro del año, con 21 aguafuertes de Pelayo para textos de Francisco Carantoña sobre la ciudad. En 1995 es homenajeado en el XXVI Certamen Nacional de Pintura de Luarca. En 1998 firma contrato en exclusiva con la galería Marlborough, una de las más prestigiosas internacionales del arte. Desde la aldea al mundo global. Porque Pelayo sigue en contacto con sus paisanos a través de la galería Cornión. Han escrito sobre Pelayo Ortega muchos críticos asturianos y nacionales: Jesús Villa Pastur, Francisco Carantoña, Javier Barón, Julia Barroso, Evaristoa Arce, Fernando Huici, Juan Manuel Bonet, Juan Carlos Gea, Rubén Suárez, Ángel Antonio Rodríguez, Ramón Rodríguez, Soledad Alvarez Martínez y Paché Merayo. Todos ellos hablan de Pelayo Ortega con admiración y entusiasmo.

Línea y mancha de color
He visto en esta muestra dos veces citado al filósofo alemán Ludwig Wittgenstein (1889-1951), una de ellas en forma de libro con muchas páginas abiertas, tal vez el famoso «Tractatus». Pelayo recuerda que se trata de uno de los libros de cabecera de Jesús Villa Pastur, el creador de la crítica de arte en Asturias, persona que contribuyó en generosa medida a propulsar la carrera artística de nuestro pintor, cuando aún era muy joven y necesitado de ayuda para despejar dudas y vacilaciones en su vocación artística. Generoso es también Pelayo Ortega en homenajes a las personas con las que ha trabajado o los pintores y músicos que le gustan.

Por otro lado, en el recordatorio anterior sobre el artista, hago referencia a los métodos de grabado y estampación, desde el aguafuerte a la serigrafía. Porque me parece que aquí hay un importante filón para contemplar y disfrutar la obra de Pelayo Ortega y para entender esa contradicción entre su gran diversidad y su identidad rabiosa, concluyendo que se trata de una contradicción aparente. Porque Pelayo se inspira en el grabado, Pelayo Ortega es un grabador que pinta y confronta el grabado con los problemas de la pintura en el mestizaje de las vanguardias que se produce tras la II Guerra Mundial. Con gran maestría, Pelayo traslada a la pintura los resultados de la estampación empleando técnicas muy diversas a lo largo de su carrera. Y en ello sigue, de manera que trabaja sobre papel, sobre lienzo o sobre tabla, al óleo o al acrílico, como antiguamente utilizó esmaltes, carboncillo y barnices. Sus etapas iniciales casan bien con el aguafuerte y lo actual con la serigrafía.

Lo que Rubén Suárez llama «pintura bilingüe» de Pelayo Ortega (Catálogo Cornión, 2005) reside para mí en la relación entre la línea y la mancha de color. La línea y la mancha se combinan de muchas maneras. A veces hay sólo línea y la mancha es el fondo del cuadro, como en el «Retrato de Alejandro de la Sota», resuelto con tipex blanco sobre cartón negro, que lleva en collage unas reglas pegadas, para equilibrar la ensoñación. A veces la línea es tan gruesa que sale directamente del tubo de pintar, carnosa, táctil y primitiva. La mancha de color se geometriza a la manera de Paul Klee o Torres García, aunque tiene a Piet Mondrian como superior referencia. La mancha puede ser plana, en claroscuro o con textura propia. A veces la mancha domina la obra, que escapa de la abstracción gracias a la iconografía personal del artista, como dice Ángel Antonio Rodríguez (Catálogo Confesiones. Cornión, 2001). (Iconos personales, siempre presentes, son el paraguas, la silla, el estudio del artista, los quevedos, la escalera, la cachimba, el pasean-te, el reloj, el niño pintor y otros). La línea es también dibujo, un dibujo sencillo, claro, se dice que infantil en ocasiones. En este juego hay infinitas variantes que explora Pelayo Ortega.

En cuanto a Ludwig Wittgenstein, además de ser homenaje a Villa Pastur, la conexión con Pelayo Ortega consiste, a mi entender, en la dignidad que concede a la pintura, como uno más de los lenguajes para interpretar el mundo, en la primera fase de su trabajo, ese pequeño libro revolucionario que fue el «Tractatus logico-philosophicus». Y en la consideración de las múltiples funciones no lógicas del lenguaje (perdonar, seducir, aconsejar, soñar, ordenar, consolar y así
sucesivamente), aquellas que se usan a diario y enlazan por tanto con la sencillez cotidiana de la temática de Pelayo Ortega. Tales funciones fueron estudiadas por Wittgenstein en la segunda fase de su obra, las «Investigaciones filosóficas».
Podemos concluir que la pintura de Pelayo Ortega encaja perfectamente con las consideraciones que hace Wittgenstein sobre el juego de ajedrez. No importa cómo se llamen las piezas, ni si son de marfil o de madera. La capacidad de las piezas, su identidad, viene definida por su relación con las demás, o sea, por sus movimientos y relaciones mutuas. Igual que las características de la pintura de Pelayo Ortega.