Pelayo Ortega exhibe el diálogo interno de su pintura en una exposición en Gijón


Autor: J.C.Gea
Publicación: La Nueva España
La galería Cornión inauguró «Taller 1997-2007», un repaso de la obra del pintor en los últimos diez años que él dedica a Rubio Camín.

Hace sólo unos días, Pelayo Ortega inauguraba exposición en Montecarlo con la galería Marlborough: un nuevo hito internacional en la trayectoria de uno de los pintores asturianos más internacionales. Pero la obra de Pelayo Ortega, y el propio pintor, no se entiende sin sus profundos anclajes sentimentales y pictóricos en su Asturias, y, dentro de Asturias, muy en particular, en su Gijón adoptivo y a su galería matriz: Cornión. Fiel a ese reencuentro periódico con sus raíces, Pelayo Ortega regresó ayer a su solar pictórico y biográfico con la inauguración de «Taller 1997-2007», una intensa y concentrada muestra de una parte del quehacer del artista mierense en los últimos diez años que Ortega ha querido dedicar a la memoria de su querido y admirado Joaquín Rubio Camín.
«El taller es una idea recurrente en mi pintura; no sólo porque aparezca en ella como tema explícito, como sucede en algunas de estas obras, sino también como referencia general a lo que sucede dentro de él: todos los procesos que se desarrollan de puertas adentro a la hora de pintar: la búsqueda de la propia identidad pictórica, los procesos de la pintura misma, ajenos a toda anécdota», comenta Ortega ante las 16 obras de todos los formatos que exhibe en esta pequeña retrospectiva.
Pero esa referencia a la interioridad, a las «puertas adentro», a las búsquedas más personales en el recinto cerrado del estudio, no equivale en su caso a una pintura de cámara. Al contrario, hay en «Taller 1997-2007» piezas que casi conmocionan en su rotundidad y en la radicalidad de sus hallazgos, como las monumentales y vibrantes «Éxtasis», «Excitador» o «La cobra se retuerce», todas ellas de 2002, un período de la pintura de Pelayo Ortega en que la serenidad, las paletas claras, las referencias narrativas al mundo sentimental, literario y urbano del pintor -bien representadas en Cornión- empezaron a resquebrajarse. Por las grietas rebrotó -reforzada y llevada a extremos más profundos y casi místicos-, la veta expresionista del primer Ortega, vehiculada sobre todo por un colorido más agresivo y en ocasiones hasta violento que abrió en el seno más profundo de su pintura una potente dialéctica: un diálogo de alta tensión entre lo constructivo, la limpieza y la figuración narrativa de sus años anteriores frente a la expresividad y la abstracción, la pura plasticidad sin más referencias que la acción de pintar y la pintura misma.

De hecho, la mayor parte de las piezas reunidas en la exposición refieren a esa época de cambio, en cuya estela -con la tensión algo más aquietada- se sitúa buena parte de lo que Ortega está pintando en 2008. No están presentes, sin embargo, en la selección las que su autor describe como «construcciones»: piezas en las que la tendencia que desde hace dos o tres años muestra Ortega a desbordar el espacio convencional del cuadro se acercan cada vez más a lo escultórico; la querencia se palpa, sin embargo, en cuadros como una pequeña pieza sin título de 2000 en la que la pintura se derrama fuera del cuadro y cobra protagonismo como masa, como objeto; o en las composiciones de varios lienzos que delatan esa inquietud constructiva.

Claro que el visitante también encontrará, en el otro extremo de aquel diálogo casi polémico consigo misma que hoy tensa su pintura, al Pelayo Ortega que cautivó a público y crítica en su época más clara, intimista, y al tiempo más metafísica: el pintor de las sillas sin nadie, los personajes escuetos que fuman en pipa, los relojes o los perfiles urbanos quintaesenciados en trazos salidos directamente del tubo de óleo sobre grandes campos de color plano. En el fondo, el mismo pintor que, con gesto reflexivo y pipa en boca, se enfrenta al reto de las formas en la acuarela-tinta sobre papel que da la bienvenida al visitante en el escaparate de Cornión.

La muestra ha dado pie además a un catálogo, obra del diseñador gijonés Manuel Fernández, que rompe con el formato habitual de los realizados por Cornión para sus exposiciones y en el que la periodista Paché Merayo caracteriza la obra entera de Ortega como una geografía de «lugares donde siempre hay luz».