Pelayo Ortega, el descubrimiento de sí mismo


Autor: Rubén Suárez
Publicación: La Nueva España
Para un aficionado al arte resulta particularmente interesante asistir a los movimientos que se producen en la pintura de Pelayo Ortega, intentar identificar las estrategias plásticas que en sus orígenes, y luego en su evolución, han situado su obra entre las de más acusada personalidad, más sugerentes y de mayor entidad artística en el arte español y también, por qué no decirlo, internacional.Y una vez hecho eso, aventurar teorías. Por ejemplo, en cierta ocasión me decidí a usar la expresión «pintura bilingüe» para referirme al nuevo territorio que se abría en su pintura con la fértil contaminación que supuso la incorporación a ella de la mancha abstracta, la pasta cromática densa y arrastrada, turbia de mezclas o nítida y brillante, conviviendo con su concepto espacial y la peculiaridad de su grafismo e iconografías figurativas de siempre. Cito eso ahora porque viendo la exposición de Cornión he encontrado admirablemente reflejada aquella impresión, el posible diálogo en dos lenguas, en la obra «La cobra se retuerce» que aunque algo anterior, es de 2002, no conocía o no recordaba: la escena de esa conversación entre las dos caras de la pintura, contemplada no desde una silla vacía sino desde «la silla», que es uno de los otros yoes de Pelayo Ortega.

No puedo estar seguro de que, como creo, el título del cuadro haga referencia al grupo Cobra, y no he querido preguntarlo por el temor a, si me equivocaba, no encontrar base para otra teoría, recordando aquella broma de las redacciones de periódico antiguas: no dejes que la realidad te estropee una buena noticia. Porque siempre he pensado que esa ocupación en la obra de Pelayo Ortega por un expresionismo libre y agitado, de grafismo y pasta fundido en una amalgama abstracta no tenía tanto que ver con el expresionismo abstracto americano, como se ha dicho, como con una especie de procedimiento casero para «abstraccionar», como en un mortero, a Van Gogh con el grupo Cobra. Lo que sale del experimento es un abstracto con ingredientes figurativas, y hay que recordar que el afán del fiero expresionismo de los Cobra por destruir la forma como rechazo del arte convencional, aunque informal, nunca eliminó en su totalidad las alusiones a lo objetivo. Quizá sea ése el secreto de que en un mismo espacio se lleven tan bien, tan armoniosamente y sin tensiones estilos que manejan diferentes idiomas; pero, sobre todo, teorías aparte, se debe sin duda a la inimitable manera del pintor que con sus composiciones abiertas, inestables, invertebradas y fragmentarias ha logrado pinturas de tan intenso contenido expresivo y singular encanto y frescura.
Todo esto lo elabora Pelayo Ortega en su taller, que es ámbito para la introspección y el ensimismamiento, prolongación de su propia personalidad, motivo recurrente de sus pinturas y título de la presente exposición. Lugar de mágicos experimentos pictóricos: me imagino a Pelayo Ortega como Harry Potter, mago y niño pintor, introduciendo como los niños, espontáneamente, líneas y colores en una superficie para activarla, renovar relaciones plásticas ya frecuentadas o, simplemente, ver lo que sucede. Quizá invocando el inconsciente de la abstracción para evocar la realidad de los hechos y los sentimientos pasados, lo visto, oído, leído, sentido, vivido.
Porque, en definitiva, eso hace Pelayo Ortega: describirnos su mundo desde la nostalgia, el humor y la ternura. La memoria es parte esencial en su pintura, memoria de la familia, los amigos, las ciudades, el recuerdo también de las obras de los pintores, compositores o poetas que le han conmovido y de los que necesita hablarnos en sus pinturas y por eso ha pintado tantos homenajes a sus viejos amigos del arte. En 1995 tituló una de sus exposiciones «Recapitulaciones», «utilizando material pictórico de tu propia historia como una recapitulación para seguirá adelante», dijo entonces. En realidad, siempre utiliza Pelayo Ortega material pictórico, y también humano, de su propia historia para seguir adelante y eso se nota por una parte en la rara y admirable coherencia mantenida por su obra a lo largo del tiempo, pero también en el hecho de que siempre la veamos tan cercana, pura y verdadera. Por eso he titulado este comentario con el título que dio a uno de sus libros Torres-García, como Pelayo ya habrá advertido porque es uno de los maestros que más admira. En el «Taller», el descubrimiento de sí mismo. Pues eso.