Pelayo Ortega: diez años de taller


Autor: José A. Samaniego
Publicación: La Nueva España
Qué significa una muestra referida a diez años de taller? Puede sonar a recuperación de obras que han ido quedando, bien en el taller, por no haber sido seleccionadas en su momento, bien en fondos de galerías, obras no vendidas de anteriores exposiciones.

Pero igualmente se refiere al lugar de la creación artística y al proceso creativo del propio pintor, lo que sucede con cada lienzo o tabla, que es como una criatura que se va fórmando, desde primera idea o proyecto hasta su culminación. Pero, sobre todo, yo creo que se trata de mantener la presencia pública del pintor en Gijón. En el año 2006, se festejó su 50.° cumpleaños, y apareció el libro de Trea comentado por Bonet, al tiempo que se celebraba el 25 aniversario de Cornión pero en el 2007, con lo deprisa que va el mundo su presencia fue más tenue. Efectivamente, Pelayo Ortega (Mieres, 1956) se formó de adolescente en Oviedo y Gijón; pero en seguida marchó a Madrid, donde residió desde 1975 a 1990. Desde 1983 la galería Cornión le presentó en Arco y, en 1998, firmó una exclusiva con Marlborough. A medio camino de este trayecto tomó la decisión de afincarse en Gijón, porque es aquí donde florece la inspiración de su obra, donde tiene amigos y gente que apuesta por él. En su caso no hay conflicto entre trabajo y residencia, pues las condiciones del mundo globalizado permiten vivir en Gijón y exponer en Nueva York. Y que Pelayo cuide con mimo su presencia en la ciudad es algo digno de alabanza e interesante contribución cultural.

Son varios los cuadros, sobre el taller, con la ventana, la silla y el caballete como referencias habituales. Curioso uno de ellos sobre fondo negro, al acrílico y tinta sobre cartón («Taller, 2007»). El pintor se ha subido por detrás del caballete convertido en escalera y desde arriba derrama pintura y acciones de manera casi orgánica. Se sitúa entre el cielo y la Tierra. Arriba, las galaxias, cometas, éspirales y estrellas fugaces, que marcan el tiempo cósmico. Abajo, limacos, larvas.y otras criaturas nocturnas que, a su humilde manera, viven días y noches.

Tiempo y espacio, pintura que se desliza y desborda el soporte para envolver al pintor y al espectador, son temas habituales de Pelayo Ortega. El tiempo lo mide la aguja del reloj, que es el gnomon babilónico o palo vertical disfrazado de ciprés que arroja su sombra sobre el espacio y se desenvuelve en espirales sin término. El espacio es la tela, la tierra, las geometrías rectangulares de colores planos a lo Mondrian.

También sobre fondo negro trabajado en curvas al gesto, explora en llamaradas de luces «Éxtasis» (óleo sobre lienzo, 2x2 metros, 2002). El peso óptico va a la derecha. Hay líneas y planos, pero no sombras ni, por tanto, perspectivas. Si algún plano se despega de la tela, es por su color. Se sugiere en blanco una alta silla de mimbre; tipo Sylvia Kristel, «Énmanuelle», Just Jaekin, 1974) y, sobre ella, una silueta de mujer. La silla termina en barras blancas y paralelas que pueden ser signos de admiración, voz o grito, pero también, tal vez, una simple verja, por lo que el supuesto éxtasis o salida se convierte en jaula y prisión. Sobre el centro del cuadro juega una pasta fluida, humo de cacerola al fuego. Es así como Pelayo Ortega combina líneas y planos, abstracción refinada y manejo de iconos colectivos, vivencias o recuerdos propios con mitos universales de la actual sociedad.