En el 25.º aniversario de Cornión


Autor: José Antonio Samaniego
Publicación: La Nueva España 4-3-2006



La librería-galería Cornión celebra su 25.º aniversario (1981-2006) con un ciclo de seis exposiciones, con obras y propuestas de los artistas ligados a la trayectoria de este cuarto de siglo en la galería. Una iniciativa de Amador Fernández Carnero, gestor de esta empresa, que sin duda elevará la temperatura estética de la ciudad en la cada día más estrecha competencia de proyectos estrella que se están produciendo en Gijón. Esta primera muestra se titula «2x2» en referencia a cuatro pintores que pertenecen a dos generaciones. Cuatro pintores, dos antiguos -Camín y Antonio Suárez-y dos modernos -Pelayo Ortega y Melquíades Álvarez.

De Joaquín Rubio Camín se presentan cuatro bodegones recién salidos del taller de Valdediós. Dos primeros al acrílico sobre lienzo y otros dos a tinta sobre papel. El autor los ha titulado a la manera clásica europea como «Naturalezas muertas», numerándolos con romanos del I al IV. Se trata de motivos muy sencillos y comunes, botellas, vasos y frutas, iniciándose la serie con algunos tanteos en los fondos, para concluir de manera clara pero altamente sutil. Sorprende la pulcritud de la composición, la consistencia no naturalista antes vaporosa que adquieren los objetos, más sometidos a la visión de la mente que a las impresiones de los sentidos, de manera que suscitan sensaciones espirituales. De forma magistral don Joaquín resuelve con cuatro toques, fruto de una larga sabiduría de viejo torero.

Cuelgan otras cuatro obras de Antonio Suárez, que abarcan más de cuarenta años de su producción. La más antigua y situada frente a la escalera es «Torso» (1961), fuerte y sobria, plasmando una imagen a la manera del famoso «Torso del Bevedere», desde el arranque de los muslos hasta el inicio del cuello. La vista sigue sin dificultades la estructura corporal, pues si de algo tenemos experiencia es de nuestro propio cuerpo. La pasta secreta y característica de Antonio Suárez se expande en toques amplios de factura gestual y decidida. «Esto es la pintura», parece decirnos el autor, como Miguel Ángel decía que escultura es lo que queda de un torso de mármol tras bajar dando vueltas por una ladera. Le sigue «Flores blancas» (1970), espiritual y evanescente. Y dos paisajes, uno de 1991 y otro de 2004. Todos al óleo sobre lienzo, óleo espeso cuyo color se conserva a la perfección, sin que apenas podamos distinguir envejecimiento alguno de la materia pictórica, salvo el caso en que el autor ha querido que tenga menos brillo, como sucede en el paisaje de 1991. El paisaje de 2004 es suave, de colores delicados, azul claro y amarillo diluido. El de 1991 mantiene mayor carácter constructivo, organizando contrastes para definir el territorio.

De Melquíades Álvarez tenemos tres obras recientes, dos de ellas de buen tamaño, firmadas en 2005. «El invierno» (2005) se presenta en forma de tríptico y está realizado en esa modalidad tan personal de este pintor que es el carbón sobre papel. El autor plasma su obra mediante la intensidad de las superficies, la diferencia difusa, masiva y no lineal de lo claro y lo oscuro. De modo que algo puede estar dibujado en negativo, o sea, en el blanco del fondo, pero simplemente por estar rodeado de zonas cargadas de carbón. Unas cabezas, tal vez de un mismo personaje repetido, se recortan contra el cielo, se alzan desde el horizonte bajo de una mesa en cuyo extremo hay algunos objetos de bodegón. Entra aquí un tema muy querido de Melquíades Álvarez, la fugacidad del tiempo. Las botellas y vasos no son conscientes de la luz que las atraviesa, no distinguen las estaciones. El hombre, sí. La otra obra es de formato vertical, al acrílico y ceras sobre papel. Se titula «Puerta de la mañana»(2005) y compone un amanecer a lo largo de un río urbano, canalizado con sus paredes y niveles insinuados. Al fondo el sol asciende. De nuevo los contrastes sutiles sobre una superficie aparentemente uniforme y el tema de la luz como una sustancia sólida que nos empapa, marcando tiempos con más autoridad que el más preciso de los relojes. Un tercer cuadro, de menor tamaño, lleva por título «De los pájaros en el tiempo» (2005), esta vez al óleo sobre lienzo. En estas tres obras, el autor ha ido espesando su materia de trabajo. Un edificio de huecos en arco, un palomar en la oscuridad, ofreciendo reflejos de su pared blanca en la noche. Se alza sobre un prado con toques rojos. Nada impone su presencia, todo está quieto y en silencio visual. Como todos los seres vivos, los pájaros obedecen las reglas del tiempo.

Y llegamos a Pelayo Ortega,que presenta siete obras. En «Metrópoli» (2003) se superponen dos tramas: una, en ligera línea blanca, presenta al hombre que observa en su silla o camina con su perro (aunque no hay perro al final de la línea o correa, pero es una referencia a obras anteriores). Otra encima, de espesa pasta, colores fuerte y pinceladas aplicadas a la primera. Este hombre ha vivido lo suficiente como para observar la expansión de las ciudades en nuestro tiempo. Tanto él como su perro recuerdan y añoran otros territorios que parecen dormir debajo de nuevos edificios, plazas y jardines artificiales, nuevos dameros del gran Hipodamo. Pero ese hombre sabe que tales construcciones humanas están allí de visita y algún día la naturaleza se tomará su revancha. «El ciego» (2003) pertenece a la serie de homenajes a pintores, como el que Pelayo hizo a Jakson Pollock. Abajo a la derecha, el ciego con su bastón. Luego una masa en que se distingue en el centro un árbol con flores blancas y tal vez un puente de madera de brillantes colores, uno de esos puentes pintorescos sobre estrecho canal norteño. No faltan las curvas negras del bastón del ciego, convertido en pincel del artista. Grande magia la de esta obra. Sorprende que nada llame la atención, que todo esté en su sitio sin desentonar, que ninguno de los trozos del cuadro se caiga de la composición por el peso de su color o de la masa de pintura. El ciego pinta una compleja estructura para videntes.

Más reposado es «Taller fuego» (2004), a técnica mixta sobre cartón, tal vez por el fondo negro, que le aporta un toque de serenidad. También aquí el protagonista está sentado contemplando, al tiempo que pasea entre fuertes colores como llamas. La serie cierra con un capricho o juguete pictórico que es «Transeúnte» (2005), un collage con pequeñas tablas y gruesas pinceladas en el que el caminante se aplica a recorrer simbólicamente un camino físico, que es la barra de aluminio anodizado que sirve de soporte. Trayectoria con elementos de inquietud, pues el sol de otras obras se ha convertido en una diana. Y para completar su aportación, van tres cuadros titulados «Skyline» (2005), compuestos muy sencillamente mediante rectángulos de colores, siempre con el sol asomando entre los rascacielos de Nueva York. Da la impresión de que empieza aquí una nueva serie. Y como es habitual en Pelayo Ortega, esta sencillez y despojo iniciales pueden terminar en obras fuertes y complejas.