Guiños a la perpetuidad


Autor: Angel Antonio Rodríguez
Publicación: El Comercio 19-2-2005
La obra de Pelayo Ortega sigue evolucionando con la incorporación de nuevos elementos que definen su singularidad internacional.

Cuatro años después de exponer sus ‘Confesiones’ sobre papel en la galería Cornión, Pelayo Ortega ha regresado a su espacio asturiano de siempre presentando un amplio anticipo de su individual de Marlborough Nueva York, prevista para el primer trimestre de 2006. La muestra gijonesa permite analizar su momento actual y entender la evolución de su paleta.

El Pelayo Ortega más conocido fue el de finales de los años ochenta, dotado de una voz propia de potente carga narrativa, con la nostalgia de su tierra natal, las gamas oscuras y la memoria como ejes. Pronto, las calles, playas, paseantes, atmósferas crepusculares y lluvias se transformaron en series blancas, bajo herencias de las vanguardias dominadas por la geometría. Fue entonces cuando el pintor quiso analizar la pintura en sí misma, lejos de anécdotas, e interesarse sólo por sus propiedades físicas, paisajes y dudas interiores.

En la segunda mitad de los noventa se enraizaron esas nuevas pautas de Pelayo Ortega. El artista luchaba en un proceso abierto, haciendo sus composiciones más complejas sin perder la esencialidad. Equilibraba figuración e informalismo arribando a los limites de la abstracción, que esquivaba con pequeñas figuras.

Un pintor único
La ruptura de límites, el uso de distintas escalas sobre el mismo cuadro, la construcción de escenarios a vista de pájaro, el desorden controlado, la línea gruesa, el tiempo, el espacio y los homenajes configuran sus últimos trabajos, que en esta muestra elevan a Pelayo Ortega a la pequeña nómina de los artistas más personales de nuestro país. Hoy, su pintura sigue evolucionando, con la incorporación de nuevos elementos que definen su singularidad internacional.

La selección realizada en Cornión es perfecta, pues permite analizar perfectamente sus registros. Así, hay distintos formatos, incluyendo una obra sorprendente (’Medidas universales’), que anuncia la futura dirección de su trabajo, fuera del plano, en composiciones casi tridimensionales. Se trata de un bastidor fragmentado, fundiendo abstracción y color con la sempiterna figuración de Pelayo Ortega, que expresa en signos como el paseante, la silla, la espiral que simula el tiempo y los ritmos neoplásticos.

Y continúan sucediéndose los campos de color, esos ‘campos de la pintura’ arados por la mano del artista, que generan aquí un ‘Paisaje encendido’ o ‘El viejo granero (homenaje a Jackson Pollock)’, mientras llega ‘La caida del sol’ o la llegada del viento ‘Nordeste’.

En cierto sentido, esta apropiación de combinaciones formales y cromáticas se aproxima al constructivismo o, incluso, al ‘op-art’, acercándose a una suerte de neoasbtracción geométrica, que suele caracterizarse por matices de colores próximos en la escala o por colores puros, de gran intensidad. Pero no hay aquí ausencia de mensaje, sino una potente carga autobiográfica que reflexiona sobre la pintura y la vida. Excelente ejemplo de ello es ‘El núcleo duro de la pintura’, sentido homenaje al artista Javier del Río, recientemente fallecido. Porque otra virtud orteguiana es que no renuncia a su entorno, norteño y cálido, que subyace más allá de los títulos, en profundos guiños a la perpetuidad.