El núcleo duro de Pelayo Ortega


Autor: Juan Carlos Gea
Publicación: La Nueva España 4-2-2005
El pintor asturiano desvela en Cornión los nuevos derroteros de su pintura en una muestra que anticipasu presencia con Malborough en Arco '05 y Nueva York

Quienes se asomen a partir de hoy al sótano de la galería Cornión podrán disfrutar de una primicia y un privilegio: conocer antes que los espectadores de algunas de las grandes plazas pictóricas del mundo los derroteros que está tomando la pintura de Pelayo Ortega, uno de los mejores pintores españoles en activo. En un acto casi de confesión ante los espectadores que mejor conocen su trayectoria y de confianza en su galería tutelar, Ortega da a conocer en su nueva exposición el «núcleo duro» de su pintura, por resumirlo en el título de la obra que dedica a su amigo el pintor Javier del Río, fallecido el año pasado.

Antes de dar a conocer su producción más reciente bajo el marchamo internacional de Malborough -Arco, ya mismo, y la casa madre, en Nueva York, el próximo noviembre- el pintor mierense arraigado en Gijón ha querido desvelar en su ciudad adoptiva la inédita intensidad de una obra que, por una parte, sigue creciendo dentro de su madurez y, por otra, está encarando la aventura de una nueva mutación.

La metáfora biológica es intencionada. Los trabajos de la exposición, en particular los de gran formato, recapitulan todo el universo y el idioma pictórico que el aficionado asturiano ha ido conociendo desde los inicios de Ortega, pero integrándolo, sintetizándolo orgánicamente junto a nuevos matices y aportaciones.

Es una pintura que «no se desprende de nada», que «suma, no resta», según afirma el propio Ortega que, por cierto, en un acto de humildad y responsabilidad profesional, cada día fía más a la elocuencia de su propia obra y menos a la de las palabras.

Quizá por eso, y como mejor argumento para mostrar dónde ha llegado su trabajo en este punto, señala una de las obras de la exposición en particular, que él considera un buen exponente del modo en que su obra actual asume toda la anterior, «El túnel del tiempo», imponente tabla de dos por dos metros en la que acrílico, óleo y esmalte se funden en una superficie donde el pintor escenifica su inconfundible modo de dinamitar distinciones simplificadoras entre figuración y abstracción; ahí, también, se cosifican (cada vez más materiales, casi escultóricos, y por tanto más objetivados) sus «fantasmas», en sentido etimológico y en el más habitual, sus figuras bajo la lluvia norteña, sus sillas que son puestos de observación; ahí también está el gesto junto al control, la línea cruda junto a la riqueza de la materia pictórica, la limpieza compositiva y la pureza junto a los campos de color y el azar.

Y todo ello anuncia o incluso evidencia la aparición de un elemento «duro» que el propio galerista Amador Fernández Carnero sabe que implica un cierto atrevimiento ante quienes esperan un Pelayo Ortega más limpio, dulce, frío o melancólico. Esta línea de la obra de Ortega está creciendo hacia la oscuridad y la densidad, y en ella despunta un elemento que señala hacia lo sublime, en el sentido romántico del término, al tiempo que reafirma su pasión por la pintura como tal.

Respecto a la mutación que se está produciendo en otra línea de trabajo, que Pelayo Ortega simultanea con la anterior, ésta queda plasmada en «Las medidas universales», composición sobre tabla y cartón en la que Pelayo Ortega mantiene todo su lenguaje plástico, pero quebrando el plano, descomponiendo el soporte e integrando sus fragmentos en el «collage» general de vocabularios, recursos y tiempos pictóricos en que consiste su pintura. Aquí no hay tanto crecimiento, sino un cambio de mayor envergadura, en el que Ortega da otro quiebro evolutivo a la tradición artística en la que se inserta su pintura de modo explícito, con total agradecimiento profesional y sentimental, como queda patente en sus homenajes, en este caso a Picasso y Pollock.

Ese cambio en descubierta, según Pelayo Ortega, está animado por el afán de seguir buscando y la intención de no estancarse, aunque lo determinante sea «el día a día», animado siempre por lo que describe como «una forma apasionada de vivir la pintura».