Gijón en Arco


Autor: Cuca Alonso
Publicación: La Nueva España 19-2-2000
Una servidora, fiel a la convocatoria anual de Arco, para aventurarse en sus exposiciones, siempre desde un punto de vista mucho más profano y recreativo que profesional, suele hacer una selección previa respecto a los temas, autores o muestras de mayor interés; de otro modo, resulta imposible valorar los contenidos de las 258 galerías que, en la presente edición, han concurrido a la feria artística más importante de cuantas se celebran en este país. Por supuesto, el cálculo no impide echar una ojeada genéral al resto, sie,mpre que eriiempo y la resistencia lo permitan, ya que el interminable laberinto emnoquetado resulta agotador.

Desde esa perspectiva, mi intención primordial era investigar en lo propio, que considerando la ausencia en este caso de las salas del Principado y de la Caja de Ahorros, quedaba reducido a la galería ovetense Vértice y a la gijonesa Cornión. Aparentemente, una exhibición muy corta, pero en realidad extraordinaria desde cualquier punto de vista. Asturias, fiel a su tradición, sigue siendo punto de referencia de las vanguardias, de los valores artísticos absolutos, avalados por firmas del máximo prestigio internacional. Prueba de ello eran los siete cuadros que el gijonés Pelayo Ortega colgaba en la galería Marlborough, con un éxito sin precedentes. Y ya, en los terrenos locales, después de recorrer pasillos y más pasillos ilustrados por la duda, allí estaba Joaquín Rubio Camín, con su "Relieve", una escultura en bronce, algo que entenderíamos como la inquietante definición de lo infinito; simplicidad en tres dimensiones, austeridad y misterio, imbuido de ligereza como un alma limpia. Pregunté, y supe, "hay una coleccionista vasca loca por ella". Y la feria no había hecho más que empezar.

José Arias, en primer plano, rubricaba su estilo personalísimo con una playa de insólita belleza; la luz del oscurecer se vertía, como la pintura, por las orillas de un trasmundo puro y deseable. Óleo sobre madera, okume, se conjugaban para ofrecer una larga riqueza expresiva que pasará a engrosar las colecciones de la Fundación La Caixa; María Corral, ex directora del Museo Reina Sofía y actual responsable de los fondos artísticos de la Caixa, decidió su adquisición de forma inmediata. Sin duda fue un momento muy dulce para este gijonés tenaz en sus conceptos estéticos, leal a su propia sensibilidad por encima de cualquier otro provecho.

Ramón Prendes, este anacoreta de sí mismo, en la sexta vez que concurre a Arco mostraba una vez más lo bella que puede ser la soledad, aunque siempre de un modo indirecto deja en el aire el vestigio de una presencia humana, el hilo que en una hipotética desesperación pudiera tender un puente hacia los otros; era el humo que brotaba de un lejanísimo horizonte. Color y anchura invitan a navegar en lo fantástico, a deslizarse por los taludes verdes de la mente.

Amancio González, con dos esculturas de madera, volvía a lo imposible, es decir, a lograr el milagro de la ingravidez desde el volumen total sin un solo ensamblaje. Sin duda, por sus manos se enreda el espíritu del árbol, y se funde con el hombre; hombre sólido, riguroso, y a la vez volátil. En sus antípodas se encuentra la obra de Fernando Peláez, más soñada que escrita, prehistórica y futurista, atávica como el hombre y sus comportamientos. En su día la señalé como un estudio antropológico y me ratifico en ello, pero siempre hecho desde una exquisita selección; parte de la especie humana no le interesa a Fernando Peláez, sus prototipos se han cultivado en jardines, nunca en los suburbios.

El escultor Pablo Maojo, en su séptimo Arco, logra la reducción del Universo en un juego mágico, como un calidoscopio .en el que se hallan todos los rincones. Luis Fega, en aquel orden estético, era el temperamento, el guerrillero del color que ante la Sangre huye horrorizado.

Otro insigne gijonés, Melquíades Álvarez, desde. Vértice, confirmaba que lo mejor de Arco pasa por Asturias.