Arco de triunfo


Autor: Paché Merayo
Publicación: El Comercio 7-4-1998
El pintor gijonés José Arias fue la gran sorpresa asturiana de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo, donde su obra logró todos los aplausos.

Primero vertió pintura sobre forros de raso, sedas recicladas, terciopelos con capacidad para hablar el lenguaje, del arte y todo un concierto de objetos de uso pasado. Ahora su mensaje creativo se derrama sobre madera. Se llama José Arias, es de Gijón, y fue el gran triunfador de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo Arco 98. A su lado, en la galería Cornión, todos dejaron una huella grabada, especialmente Pelayo Ortega, que vendió, como Arias, toda su obra (la que exhibía Cornión y la que colgaba la Malborougth), pero fueron los vertidos de José, por ser savia nueva en la cita madrileña, los que más sorpresa despertaron.

La primera vez que aquellos vertidos de arte poblaron las paredes supuso su vuelta a la escena pública. Era 1996. Entonces el Museo Evaristo Valle rompía un silencio que duraba demasiado, un silencio que no fue otra cosa que fidelidad al verdadero planteamiento del arte. «La cultura no era rentable económicamente y, en consecuencia, quien adopta sus postulados no encuentra siempre una justa respuesta», decía entonces. Hoy, animado ya por el triunfo de Arco, explica: «La gente se está acostumbrando a otros planteamientos, pero, en honor a la verdad, en la Feria me sentía, en cierto modo, un artista retrógrado, al lado de aquello que llaman arte emergente y que, a mi juicio, sólo consiste en mostrar pornografía o arrancar una moqueta del suelo con fines que se me escapan. Es decir, que ahora mi pintura es clásica si se la compara con eso».

Arco le ha introducido por la puerta grande en el verdadero mercado del arte. Sin embargo, Arias mantiene un gesto de humildad a la hora de explicar el éxito. «Era difícil pasar inadvertido en la galería Cornión. Teníamos más de 80 metros cuadrados de exposición y yo colgaba a la vista ocho enormes obras que se veían, aunque no quisieras mirar», explica.

Pese a los resultados de la Feria, que no se centran sólo en sus cuantiosas ventas, sino también en el logro de provocar la atención a galeristas de varias ciudades que ya le han pedido obras para exponer en sus salas. Ciudades de dentro y fuera del país. José Arias recuerda con especial entusiasmo el día que el propietario de la galería Dário Ramos, de Oporto, le compró las últimas obras que había producido para Arco, a cambio de que firmara una exclusiva portuguesa para vender únicamente en su espacio expositivo y dejara al margen todos los que existen en el país vecino.

José Arias llegó a Madrid con la estela de dos exposiciones aplaudidas en Gijón. Una, en la propia sala Cornión y, otra, en el Museo de Gijón-Casa Natal de Jovellanos, donde compartió espacio con otros asturianos notables que, como él, se
reunieron ante la pintura mirandoal mar. «Aquellas obras tenían mucho que ver con lo que llevé a Arco, porque en todas el paisaje se ha convertido en contenido casi inevitable». Pero no son los escenarios de Arias, paisajes reales, pues su mirada trabaja hacia dentro y, pese a alimentarse de la vida, no concede atención a la realidad, sino a la expresión de los sentidos, a la fuerza y la frescura de las formas que no existen sin pintura.

Su método de trabajo, que responde a la propia definición de sus obras (vertidos) le otorga un puesto único en el panorama del arte. «Vierto el color sin manipular la dirección de la pintura, sin dejar una huella caligráfica en la obra. Lo único en lo que intervengo es en la fuerza de gravedad y lo hago moviendo el soporte del cuadro».
Siempre fueron esas su maneras de pintor. Lo único que ha cambiado en él es lo que cambia a cada momento en cada persona, es decir, que «a veces, ríe; a veces, llora; a veces, come, y a veces, descome».