Pluma, lápiz y pincel


Autor: Paché Merayo
Publicación: El Comercio 18-4-1998
Andrés Rábago presenta una exposición en la que comparten espacio sus dos heterónimos, El Roto y Ops, con la obra que lleva su nombre real.

Andrés Rábago es él mismo y otros tres. Es el cáustico dibujante de Hermano Lobo, que firmaba sus sarcásticas críticas sociales como El Roto; el ilustrador poético que cargaba tintas amables de dureza disfrazada, bajo el seudónimo de Ops, en La Codorniz; el pintor que libera sus monstruos bajo la capa del óleo, sin inventar un tercer heterónimo, «porque la tradición pictórica no precisa buscar escondites a la identidad», y es, al fin, Andrés Rábago, «el de andar por casa, que ni es uno, ni es otro, sólo yo mismo». Los `cuatro' han venido a Gijón para mostrar el fruto de las tres capacidades creadoras, que discurren por caminos muy diferentes, pero convergen en un mismo espacio para la ocasión, y en una única mano, una mano que emplea pluma, lápiz y pincel, según quién de sus múltiples personalidades inicie la aventura.

Para Andrés Rábago el desdoblamiento de su `yo' creador no requiere más dificultad que la simple convocatoria. «Cada uno sale cuando se le reclama. Cuando emerge una idea sé a quién de los tres pertenece», explica, asegurando que para trabajar deja la «mente en plena libertad» y toma nota de lo que va apareciendo y «dependiendo de quién sea el que está trabajando, las formas discurren de una u otra manera».

Para allanar más el terreno, el dibujante-pintor hace un símil con el mundo animal -por cierto, presente en la exposición a través de una serie de dibujos que ilustraron textos de Manuel Vicent- y explica que lo suyo es como lo del «halcón que sale en busca de su propia presa, cada halcón buscará una diferente y volverá con la que necesita».

Pese a que asegura que dedica la misma intensidad y otorga la misma importancia a cada una de sus propuestas creativas «que habitan estratos de la realidad diferentes», como El Roto, Ops o con su nombre real, Rábago confiesa que en la pintura, «quizá hay algo más de mí mismo que en el resto de las creaciones, creo que es más personal». Por eso y por aquello de la tradición, el artista no recurrió, aunque pensó en ello, a crear un tercer personaje y prestó su verdadera identidad al óleo.

Hay otras diferencias entre los tres creadores que conviven en el cuarto Rábago, «el que piensa y habla al margen de las imágenes pintadas». Diferencias que discurren en los contenidos, las formas e, incluso, en la provocación que logra con cada uno de sus heterónimos.

Sin embargo, a la hora de trabajar «la única distancia la marca el tempo» que requiere la obra, según sea de El Roto, de Ops o de Andrés. «Por ejemplo, el óleo necesita más dedicación y el tamaño de los cuadros otra manera de hacer las cosas.

Además, la tela (el lienzo) es muy desagradable para un dibujante, sobre todo al principio. Yo ya he superado la adaptación, pero hay muchos dibujantes que no lo logran, porque no soportan trabajar en una superficie blanda, acostumbrados como están a la dureza del papel», explica.

Rábago, que ha dulcificado sus modos más cáusticos sobre el lienzo, cargándolo de colores brillantes, comenta que esa «amabilidad disfrazada es una forma consciente de atraer al espectador para captar su atención» y recuerda que «para que la imagen penetre en ese estrato de la conciencia profundo, al que no llega la traducción verbal, hace falta, primero, lograr que la imagen sea atractiva, para, una vez conseguido el interés, permitir que el espectador entre en el verdadero contenido de la obra que tiene delante».