La roca como estímulo


Autor: Ángel Antonio Rodríguez
Publicación: El Comercio 28-5-1998
Núñez Arias ofrece nuevas pinturas donde sigue primando la reflexión.

La exposición de José Manuel Núñez Arias (Culmieiros -Castropol, 1949) que presenta la galeria gijonesa Cornión permite contemplar las series más recientes del artista, que en los últimos años ha logrado el éxito desde una actitud eminentemente
reflexiva, cuya inspiración parte de sugerencias diversas y construye historias donde prima, ante todo, la calidad pictórica.

Han sido muchas las distinciones logradas en esta década por Núñez Arias, pintor autodidacta, de vocación tardía y sobrado de recursos plásticos. Su nombre empezó a sonar en el circuito asturiano mediante el Certamen Nacional de Pintura de Luarca, que le concedió medalla de plata en 1994 y de oro al año siguiente, durante el que también obtuvo una medalla de honor en el prestigioso Premio BMW, de Madrid. Vendrían después otros galardones nacionales y varias muestras individuales, algunas tan interesantes como la de 1996 por salas de la Caja de Asturias o como esta que hoy nos ocupa, donde ofrece sus reflexiones más recientes.

La obra de Núñez Arias se caracteriza por un tratamiento exquisito de la materia, de la que sabe extraer lecturas representativas sin abandonar su vena informalista. Así, las gamas ocres y sienas de esta exposición sugieren un entorno casi prehistórico, evocando superficies de piedra que señalan una enorme pasión ante el hecho creativo, el trabajo y la meditación. La luz, como elemento dominante, devuelve a las miradas infinitos ajustes de naturalezas más o menos soñadas, que surgen de soportes arañados, resquebrajados y acariciados constantemente. En este sentido, su labor parece incesante, poética y sosegada unas veces, gestual y vibrante otras, pero siempre rendida ante un procedimiento sincero y comprometido con su época.

Los formatos de los cuadros son dispares, conservando en todos los casos una homogeneidad intacta que, junto a emociones y ritmos cromáticos, destruye cualquier intento de encasillamiento, envolviendo al espectador en una cueva jurásica, en un espacio ocupado por vibraciones matéricas, que anula cualquier debate sobre supuestas abstracciones de esta obra; pintura pura, capaz de ponernos en contacto con otras realidades más emotivas que las cotidianas.