Unos cuadros engañosamente simples


Autor: TILL
Publicación: El Comercio 11-01-1994
Pelayo Ortega, atractivo siempre, siempre nuevo, nunca banal, parece estar llegando al borde de la frontera que separa la profundidad del desconcierto.

Estos cuadros que ahora muestra en la sala Cornión, en efecto, aparentemente inacabados o desconstruidos poseen, uno por uno y en conjunto, la coherencia heredada de cuanto Pelayo Ortega ha hecho antes; lo que ocurre es que esa garantía se aplica sobre un abanico de disparidades que ahora no se define por la variedad de los modos de hacer, sino por la yuxtaposición en el mismo cuadro de manchas, imágenes y trazos concebidos a escala distinta.

Una figura puede aparecer como deshecha, o como si estuviera dibujada con la falsa ingenuidad de un niño sabio, resaltando su incompletud sobre un fondo apropiado para una obra con mayor apariencia de madurez o de sabiduría, pero si se imagina la obra reducida fotomecánicamente al tamaño de una miniatura, el conjunto adquiere otra trabazón, y otro significado más estrictamente definido.

Todo ocurre, pues, como si Pelayo Ortega nos estuviera poniendo de manifiesto las consecuencias que la reproducción fotomecánica ha introducido en el arte. La ampliación convierte en esbozo apenas definido el dibujo más cuidadoso; a través del encogimiento se transforma un juego de manchas impresionistas en una recortada muestra de figuraciones... En realidad, después de ver y volver a ver los cuadros que existen en el mundo unas veces tal como fueron pintados y otras en libros, o en fotografías o en vídeos, ya no está uno seguro de si lo que importa es ese conjunto de realidades tomadas una por una, o si lo válido es lo que el cerebro elabora, uniendo todas las impresiones parciales y todas las distorsiones que con ellas llegan.

Parecen simples los cuadros de esta exposición de Pelayo Ortega, que ni siquiera tienen nombre, con lo que referirse a ellos equivale a enviar cartas sin dirección. Mirándoles con calma se les va encontrando la complejidad, y a uno le entra la sensación de que en cada obra hay un país apropiado para que Alicia, la del país de las maravillas, penetre y encuentre un mundo distinto en la escala y en la anatomía del color y de la forma, que invita a la vez a huir y a quedarse.

Yo sólo me quedaría dentro de dos de las obras que Pelayo Ortega expone ahora. Cada uno tiene su propio concepto de lo que es acogedor.