Línea color para siluetear evocaciones


Autor: Rubén Suárez
Publicación: La Nueva España 8-01-1994
Uno de los mitos referidos al origen de la pintura cuenta que fue Debutades, hija de un alfarero corintio, quien utilizó por vez primera este medio de expresión para dibujar con una línea la silueta de la sombra de su amado, que partía por largo tiempo, y conservar de tal modo su recuerdo y, en cierto modo, su presencia. Recordé esta poética historia al ver las nuevas obras de Pelayo Ortega, que, por otra parte, él mismo ha definido como «silueta de una realidad», y no sólo por la estructura formal de las pinturas de tan definida estilización y gráfico sentido, sino porque todo su trabajo transmite muy vívidamente la sensación de que estamos ante un artista que, al pintar, está intentando también atrapar y fijar recuerdos, lo que le acerca a la romántica actuación de Debutades.

Eso de perseguir recuerdos y sensaciones ha sido siempre una constante en la obra de Pelayo Ortega. Sólo que ahora los recuerdos no se evocan en atmósferas y conceptos espaciales de inspiración metafísica, sino que se «fijan» con regueros de colores puros recién salidos del tubo. Lo mismo otoñales tardes de lluvia dorada que los lejanos pasos de unos zapatos anónimos subiendo una noche la escalera en sentido distinto del desnudo de Duchamp. Es curioso también el homenaje de Pelayo Ortega a Piet Mondrián, presente en varias obras y no sólo en la que lleva ese título o en la magnífica visión del artista en Nueva York, para mí sobre todo en «el cuadro que ríe». Es curioso porque cercanos en lo formal, la estructura de las líneas básicas, la simplicidad y depuración lineal para buscar la esencia de las cosas, el color también, que Pelayo agradece al artista-teósofo con este homenaje, difícilmente puede sentirse cercano a quien buscaba en la pintura relaciones puras ajenas a la forma y predicaba la abolición de lo fantástico y lo lírico en el arte. O quizá no sea tan sencillo el razonamiento y resulte que las «tablas de reflexión» de Mondrián estén más cerca de lo que parece de los «demasiado humanos» sentimientos de las pinturas de Pelayo Ortega, porque el arte es un misterio o no es nada.

Reflexiones aparte, gocemos de la sencilla espontaneidad de una pintura que sólo se puede lograr desde la base de sólidos valores plásticos, riamos con «el cuadro que ríe», sintamos nostalgia con la familia que lee con la lluvia tras la ventana, y ternura con el niño que duerme en fantasía de nubes de algodón, exquisito blanco sobre blanco, como en un blanco mar inmenso navegaba el imaginado piloto de Malevich. Pienso yo que los actores de la histórica polémica de finales del XVII, que enfrentó a los partidarios de la línea contra los que defendían la supremacía del. color, no sabrían muy bien en qué bando encuadrar a este Pelayo Ortega que tan seductoramente hace línea con el color.

Y un reproche: que la obra sobre papel no haya sido también colgada aunque fuera en parte. Ni la técnica, ni el formato y, por tanto, el precio, tienen por qué autorizar a pensar a nadie en un posible oportunismo comercial en fechas navideñas, como parecían temer pintor y galerista. Y si alguien lo piensa, peor para él. Lo sustancial es que esta obra prolonga y completa admirablemente las telas colgadas, que uno disfrutó viéndola en el suelo y que hubiera disfrutado más viéndola en la pared.