Calle la Merced, el eje


Autor: Cuca Alonso
Publicación: La Nueva España 5-1-1997
La calle de La Merced lleva camino de convertirse, sin duda alguna, en el eje cultural de la ciudad, so pena de que lo sea ya, aunque no me atrevo a asegurarlo por temor a que surja por ahí un tramo urbano similar a una rúa florentina, del que no tengo conocimiento, y se arme. La Merced, calle estrecha e irregular, a sus tradicionales instituciones laterales de Escuela de Comercio, Antiguo Instituto Jovellanos y Ateneo, hay que sumarle en primer lugar dos establecimientos señeros en arte, la galería Altamira y la sala Cornión. Después, contamos una librería de viejo, otra de nuevo, un establecimiento de artesanía asturiana, un almacén de bricolaje y alguna cosa más afín a todo lo anterior, como es el caso de un taller de marcos y molduras. Una imprenta.

Bien a mano para husmear y la sorpresa servida. En Cornión hay actualmente una original exposición llena de autores ilustres en lienzos y textos. El catálogo de las obras colgadas, más que de pared, de literatura, en este caso es como el libreto de una sinfonía compuesta por veintiocho personajes que no buscan director, sino una ubicación en el abecedario. La D de Antonio Suárez, la H de Pelayo Ortega, la M de Camín, la O de Pepa Osorio, la J de Ramón Prendes, la K de Javier del Río... Una fantasía de colores, aventuras, alegorías, inventada por Amador Fernández para conmemorar el XV Aniversario de la sala y librería, pero que inexcusablemente tiene un sesgo académico, connotaciones de sillón de la Real, con apoyaturas tan sólidas como la de María Elvira Muñiz, Sara Suárez Solís, José Ignacio Gracia Noriega, Luis Fernández Roces, José Antonio Mases, Oscar Muñiz... Otras tantas letras que se corresponden, siempre en mayúsculas, quizá se temió que alguien viera en la minúscula una minusculización de obra en la relación de ambas disciplinas artísticas. ¿Uno para llevar a casa? La J colgada, ¿quién no escribió alguna vez un amor en un árbol para ver cómo crecía o se desfiguraba hasta borrarse? El libro son las historias del albur literario, la idea sin precintar, libre, como una génesis de sí misma. Escribir, pintar; un cuadro, un libro, Amador, Amadis de Gaula y Amador encamando el personaje de Rodríguez Montalvo o Garci Ordóñez, a su gusto.

A dos pasos, la sala Altamira y ¡mira!, qué ternura. Begoña Maza, como una madre entretenida en tejer, hizo una labor propia de jíbaros sobre Gijón. Lo redujo mimándolo, óleo sobre tabla en once por siete centímetros, todo un alarde hiperrealista, con los colores, los fondos, el teje maneje de esta ciudad al completo. Un trabajo precioso y preciso que agita al visitante de esquina en esquina, lo pasea por sus rincones con absoluta precisión. ¡Qué buena idea, la de la encantadora Begoña Maza! Eduardo Suárez estaba allí, listo para dar el quite a este encaje de bolillos paisajístico. ¿Uno? Imposible; hablemos a partir de cuatro. Cuatro apuntes, Piles, Begoña, San Pedro, Jardines de la Reina. Talento y simetría. Merece el mayor aplauso y todo el éxito.

Se acaban las Navidades, pero Gijón sigue. En esta ciudad está pasando algo, ¿quién se atreve con el diagnóstico?