La cueva de las pinturas puras


Autor: Ángel Antonio Rodríguez
Publicación: El Comercio 28-4-2001
En los Últimos años, José Manuel Nuñez Arias ha alcanzado un alto grado de depuración y armonía pictóricas, bajo la síntesis de esa obra esencialmente lírica que viene desarrollando. Sus trabajos recientes, que han inaugurado la primera primavera del siglo XXI en las intimistas pqredes de la galería Cornión, definen bien esa evolución, merecedora de prenÜos nacionales tan prestigiosos como el XIII BMW de Pintura, de Madrid.

La aparición de NuñezArias en la escena artística asturiana fue bastante tardía. No en vano, su primera individual se presentó hace once años y su primer gran éxito se prodújo hace seis, cuando obtuvo la Medalla de Oro en el Certamen de Luarca. Ya entonces, su obra había pasado de un primario expresionismo, a caballo entre la figuración y la abstracción, hacia un planteamiento que perseguía la pureza plástica, sin artificios. Así, la utilización de arquetipos temáticos, como fuera referencia substancial y no como protagonistas de la composición, le llevó a desarrollar piezas que. parecen evocar cuevas, muros y verticalidades donde, ante todo, prima la riqueza de texturas.

En este sentido, las pinturas de Nuñez Arias resultan exquisitas, casi virtuosas, y no satisfacen las miradas fugaces. Son frutos de un análisis lento y paciente, cuyo objetivo es que la materia hable por sí sola. El espectador, por tanto, debe penetrar en las constantes veladuras, los rasgados, los simulados óxidos y los leves toques de carboncillo, que simbolizan una actitud honesta, al margen de cualquier debate entre lo tangible y lo intangible. El soporte, despojado de anécdotas, guarda pigmentaciones aplicadas con suavidad, que provocan esos ritmos aparentemente geológicos de los cuadros. La luz, más templada que antaño, se nutre de matices. expresivos y poéticos.

En la pintura de Nuñez Arias no hay sitio para la literatura, la geometría, la frialdad conceptual, la denuncia o la ironía, registros que interesan a este pintor cuando actúa como espectador, pero que no caben en su delicado compendio estético. Él pinta con sosiego porque vive con sosiego. Hay que saber valorar esa sinceridad, sobre todo en un arte contemporáneo que, con demasiada frecuencia, carece de ella. Por eso los verdaderos profesionales del arte, que detectan esfuerzos, energías y calidades por encima de otros intereses, han sabido apreciar sus trabajos.