Camino de la eternidad


Autor: Ángel C. Suardiaz
Publicación: La Nueva España 28-10-1999
Dar a entender algo desde dentro. Esa es la honesta intención en la que Joaquín Rubio Camín (Gijón, 1929) ha empeñado la vida entera. "La obra de un artista es su electrocardiograma.

Ni más ni menos que tu vida ahí puesta". La vida. Eso es lo que se entrega a cambio del arte, el precio que exige la trascendencia en todas las religiones, incluida esta que profesan los creadores que hacen algo de la nada o de otro algo. Un esfuerzo intenso que a Rubio Camín le resulta "imprescindible para ser feliz. ContempIando a los grandes comprendes que quien dibuja fácil no pinta más que calendarios. Los grandes sufren como perros y el resultado es bueno o malo, pero nunca mediocre".

Esa es la diferencia "entre un caradura y un intento de artista, como yo", refiere humilde Rubio Camín. Y añade entre meramente apasionado y apreciablemente airado contra quienes pudieran dudar de su decencia: "En mí siempre se ha podido confiar". Ni la menor duda. Ya escribía José Hierro, sobre la primera exposición de esculturas del artista gijonés en Madrid -la ciudad donde residió 25 años-, que la obra de Camín no intentaba "apoyarse en efectos de color, pátinas u oxidados, sino en el reinado de la forma pura y la geometría animada". Esa pureza, ese "a1eph" que aprehende el Universo y lo explica, es un "sueño imposible, aunque lo único decente que puede pretenderse. Tras tantos años de trabajo, sigo sintiéndome un burro, padeciendo el horror al vacío cada vez que bajo a mi estudio". Y es que- Camín se confiesa discípulo de Miguel Ángel, de "quitar y quitar hasta llegar al mínimo". Es decir, la pureza. O, con la frase de Goethe que da comienzo al opúsculo con el cual se promociona la muestra de Camín: "Si quieres correr hacia el infinito basta con que camines en lo finito hacia todos lados".

La obra de Camín no es sencilla para un profano. "Las cosas no se explican", ilustra el artista. No hay fórmulas magistrales o pócimas de grimorio que puedan ingerirse para iluminar la mirada ante una obra de arte. Dice Camín: "El respeto, aquí, no vale de nada, lo que resulta indeclinable es la naturalidad, aunque nadie puede leer "La Eneida" sin conocer antes el alfabeto". y Camín lo conoce bien. Da idea de su interés y minuciosidad un episodio de juventud. Cuando el entonces pintor arribó a Madrid, empleó sus dos primeros años de estancia en la capital del reino para estudiar dos lienzos magistrales; "Los fusilamientos de la Moncloa", de don Francisco de Goya, y "El lavatorio de pies", del Tintoretto. "¿Autodidacta? Sí, pero cuando contemplo mis obras de hace cuarenta años, me sorprende lo que de uno y otro ha quedado en mi quehacer". Lo cual indica que Camín no blande títulos ante crítica y público, sino experiencia y retroalimentación con los grandes de la época, aquéllos con quienes mantuvo tratos en el Gran Café de Gijón."

Tanto ha influido su arte en el de Pancho Cossío, Cristina Mayo, Víctor Ruiz-Iriarte, Antonio Buero Vallejo o Camilo José Cela; como el de éstos en el suyo. "Muchas veces uno no es consciente de las interpretaciones que resultarán de su obra", confiesa Camín, Premio Nacional de Pintura con tan sólo 25 años, cuando aún era "un advenedizo".

El cuadro con el que' obtuvo tan preciado galardón cuelga hoy del Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía. Amigo de Oteiza y de Chillida, defiende al artista donostiarra: "Quienes cubren de denuestos al "Elogio del Horizonte" son los mismos ordinarios que jamás podrán entrar en la obra del maestro, pero tampoco podrán hacerla en la de Velázquez. No es cuestión de complicación o sencillez, sino de sensibilidad y buena intención.