El bodegón surrealista de José Paredes


Autor: José Antonio Samaniego
Publicación: La Nueva España 27-4-2002
La primera impresión ante los bodegones de José Paredes Corzo (San Claudio, Oviedo, 1949) es de inquietud y sobresalto ante estas series de objetos que persisten en su afán de pervivencia, aunque hayan sido maltratados por catástrofes siderales. Abundan las maderas, los tomillos; los trozos de metal, pero especialmente los plástícos. Todos se resisten a morir, cada uno intenta,una nueva vida en la composición del artista. Los alambres adoptan la forma de hombres de espaldas inclinadas, con una bola de presidiario en la mano o en los pies, con aires de viejas torres eléctricas desvencijadas. Las cruces tratan de coronar bloques capaces de recordar antiguas iglesias. Los clavos buscan, aquellas manos, aquellos pies que sujetaban a la madera. Los plástícos encuentran malos acomodos, porque el tíempo no puede con ellos, les rompe en formas y figuras sin arte ni gracia. Les ha sido negado el brillo de la piedra mojada, la suavidad sin aristas del canto rodado, la descomposición dulce de la madera. Ahí están, esquinados y cortantes, toda esta generación de objétos de la última hornada tecnológica, con aires de ser todos de la misma y artificial naturaleza, plástico o cartón piedra pintada.

El bodegón, como cuadro dedicado en exclusiva a seres inanimados o "naturalezas muertas", nace en el siglo XVII impulsado por diversos factores culturales, como la valoración de la vida cotídiana, la percepción del mundo derivada de la nueva ciencia, y la reflexión sobre el, valor del arte, que no depende de la grandeza o majestad de los personajes o escenas representadas, sino de la ejecución misma de la pintura. Y así hemos podido disfrutar la maravílla de vidrios, botellas, porcelanas, metales y cerámicas de todas clases. O la sorpresa de la suavidad de las plumas ,de las aves exóticas, el pelo de liebres y conejos, el olor de manzanas y pomelos, la escurridiza trampa de la piel de los peces. En España Velázquez pinto "El aguador" y la "Vieja friendo huevos". Sánchez Cotán dispuso en antepechos de ventanas la vida ascétíca de puerros y cardos. Zurbarán convirtió en místico altar una mesa con cuatro objetos tan humildes en la realidad como prodigiosos en la pintura. Y Valdés Leal la emprendió con los símbolos dél poder, o pintando las tumbas abiertas de obispos y caballeros. Pero el género tendrá larga vida, sobrevive a la hecatombe de la pintura tradicional, se incorpora audazmente a las vanguardias y hoy podemos seguir hablando de bodegones cubistas de Picasso y Juan Gris, o bodegones surrealistas de José Paredes. No es nuevo José Paredes en esta disciplina de los bodegones, que practica en su doble versión de pintura y escultura. .Un artista asturiano, habitual desde hace un cuarto de siglo en las galerías de la región, habiendo expuesto varias veces tanto en Vértice (Oviedo) como en Cornión.

Son 19 cuadros, el bodegón número 4 es el más grande y representa una última cena de Jesús o sus restos, mejor dicho, pues no hay personajes humanos. y por encima, a la manera del renacimiento italiano del siglo XV, al estilo de Crivelli o Ghirlandaio, tres recuadros nos dan la clave de la composición, el de la izquierda representando el Calvario, el del centro con las tinieblas que suceden a la muerte de Cristo y el de la derecha con la tumba vacía. Dos escenas, la mesa con restos y los acontecimientos posteriores que se interpenetran en nuevas relaciones temporales, como si el futuro invadiera ál el presente.

El bodegón nº 10 es un honienaje a Luis Fernández, vistos los símbolos de la paloma y la calavera que caracterizan al pintor asturiano que se pasó la vida en París.
Bodegones abigarrados, llenos de objetos sobre fondo negro para resaltar los colores, para sacralizar los objetos, para introducir en la quietud congelada de los paisajes lunares un hálito de eternidad. Bodegones surrealistas porque son fruto de la imaginación, son erupción del inconsciente, orden maniático que intenta fulminar a la muerte. Por eso el artista ha ido recogiendo materiales soñados y los dispone sobre mesas, o en estanterías, o formando altares o postes totémicos. Otras veces rellena alacenas 'suspendidas en el aire o alféizares abiertos a paisajes estelares.

Y en muchas ocasiones quiere recuperar estructuras del pasado y ordena torres y recipientes, compone campanarios o instrumentos musicales, como si al dotar a los restos de una nueva función fingida, pudiera devolvedos a la vida. Puede que José Paredes disponga de un particular cementerio de plásticos del espacio. Y sabe lo mal que envejecen, cómo se resisten a morir, cómo se niegan a desaparecer. En definitiva cómo se nos parecen.

En el catálogo van "Cinco ,cantos de vida silenciosa.", cinco sonetos -en verso alejandrino y sin rima- escritos por el profesor y pintor y poeta Miguel Ángel Bonhome. Es una gran suerte para un pintor disponer (de la palabra densa, justa y fulgurante del poeta. Es un lujo que el texto de un catálogo sean cinco sonetos donde se dan cita Garcilaso, Quevedo y San Juan de la Cruz. La idea de verter en palabras obras de arte, de hacer arte sobre el arte, fue practicada a principios del siglo XX, primero por Manuel Machado y luego por Rafael Alberti. Muchos otros han seguido después. Los espectadores, al tiempo que vemos al pintor, podemos escuchar al poeta. Y el poeta gice: "Maldigo a los objetos porque nos sobreviven". Y dice: "Vuelve la oscura noche y el ángel de las ruinas despliega ante Paredes residuos que la aurora deposita en las playas"... Y dice: "Poned sobre la mesa el pan de los escombros, porque a partir de ahora él será nuestro trigo". Y yo, gracias a este oficio de escribidor de arte, aprovecho para colarme en la conversación que mantiene José Paredes con amigos como Bonhome, Alejandro Mieres, Bernardo Sanjurjo y Fernando Alba.