Las muy gráficas confesiones en el universo de Pelayo Ortega


Autor: Rubén Suárez
Publicación: La Nueva España 27-12-2001
Si el acto más revolucionarío de la pintura, como decía Rotkho, es pintar a la manera de uno mismo, Pelayo Ortega es uno de los pintores más revolucionarios del arte contemporáneo. Hay un universo orteguiano que se autoalimenta y evoluciona con una admirable imbricación de lenguajes que se superponen y que han nacido de quien es un fecundo inventor de signos y de iconos, propios o tiernamente adoptados. Ese universo, en un tiempo de melancolía derretida en la densidad atmosférica de lluvias y humedades, se hizo después riente y luminoso en colores y conceptos sin dejar de ser igual a sí mismo. Se hizo también, se está haciendo, cada vez más rico plásticamente, mientras conviven ep él figuración y abstracción, IÍianchas, grafismos y personajes que van surgiendo del imaginario de un artista impulsado por su instinto de pintor ajeno a las tendencias pero sin despreciar ninguna de ellas.

Ahora, en la Marlborough y en Cornión, Pelayo Ortega presenta una serie de serigrafías bajo el título de Confesiones. La obra gráfica es para él un laboratorio de ideas, cómo lo era también, y también lo decía, para Lucio Muñoz, entre otros artistas. Pór eso, estas confesiones sirven, como en otro tiempo sus Recapitulaciones, como banco de pruebas para seguir adelante en la construcción de ese tan personal universo en el que las voces son la razón plástica y los ecos los homenajes a otros artistas y a otros lenguajes, las citas, la mirada poética a la vida, a los paisajes y personajes de su entorno, al mar, la infancia o el paso del tiempo.
Si en su anterior exposición en la galería Marlborough me llama la atención la integración de la mancha abstracta, con materia, en el tradicional universo de línea -vía clara, resuelta de modo muy feliz, ahora las características de la técnica serigráfica imponen como es lógico la planitud del color y también su perfil más geométrico, percibiéndose además un protagonismo mayor del grafismo. Claro que permanece en lo sustancial el lenguaje de Pelayo Ortega pero, además, con el gusto por el color recortado y por el arabesco, a mí me va pareciendo cada vez más matissiano, bajo la atenta mirada de Bibendúm, el hombre-neumático de Michelín y Tintín, el hijo de Hergé.