Entre el color y el tiempo


Autor: Ángel Antonio Rodríguez
Publicación: El Comercio 20-12-2001
Cornión acoge la obra reciente de Pelayo Ortega

La galería gijonesa Cornión alberga hasta el 15 de enero la serie Confesiones, compuesta por doce obras recientes de Pelayo Ortega que funden geometría, limpieza cromática, síntesis figurativa y rigor constructivo a través del tiempo, el espacio, la esencialidad y la pasión por contar historias. La exposición desvela también los registros técnicos del pintor, que ha resuelto el envite con una hermosa tirada serigráfica realízada en los últimos seis meses.

La muestra ha sido organizada conjuntamente por Marlborough, la galería multinacional que contrató a Ortega en 1998, y Cornión, su espacio de siempre en Asturias; donde el pintor no presentaba exposiciones individuales desde 1993. Por eso, esta aventura sirve para acercar a sus conciudadanos su impactante huella plástica, sus devociones iconográficas y su poética visión del mundo.

Las estampaciones fueron hechas en la Escuela de Arte de Oviedo por el maestro serígrafo Emilio Rodríguez y su ayudante, Jacobo de la Peña, en un trabajo excelente. Así, en las doce piezas se dan citan numerosos recursos gráficos, con referencias directas a las actuales pinturas de Pelayo Ortega, cuyo reto compositivo ha resultado enormemente complejo a la hora de cambiar óleos, acríicos y telas por tintas y papeles.

No obstante, síntesis y austeridad pennanecen inalterables en todas las estampas, con abigarramientos muy controlados, que se sirven de las acotaciones, las variaciones de escala, las gestualidades, los espacios sacralizados, la luz y el color, configurando una propuesta formalmente más complicada que la de antaño.

Todos los trabajos son rabiosamente actuales, pero estas Confesiones, a modo de recapitulación, también pueden servir para apreciar la evolución de Pelayo Ortega durante los últimos diez años.

Desde el color y la esencialidad constantes, el espectador puede dar un paseo partiendo de escenograf1as que nos remiten a algunas búsquedas del pintor en la primera mitad de los noventa -La rueda del tiempo, Amor de farol, La ciudad sumergida-, pasar después por varias delicias de herencia neoplástica y sentidos homenajes al tiempo y la música -Tic tac, El astrónomo, Strawinsky hasta arribar finalmente a esa presencia fisica y psíquica de la pura experiencia intelectual que trasciende a sus últimas creaciones, en soluciones mucho más arriesgadas -El tablero de Herge, Jazz, Taller, Fundición- o en la abrumadora excepción que se evidencia tras la rotunda Escala de colores o tras la dolorosa actualidad que expresa la serigrafía titulada La guerra. Un cúmulo de ritmos, energías; levitaciones invisibles e imágenes alegres que describen las sinceras pautas de un lenguaje genuino, renovado en cada instante.


Nuestro Ortega.

Cada vez que Pelayo Ortega presenta una nueva exposición fluyen sensaciones dispares entre propios y extraños. La sorpresa es común a todos, fruto de la contemplación de obras capaces de transmitir un lenguaje puro, rico en connotaciones, dotado de impactantes recursos plásticos y de iconografias tremendamente personales.

Tan sorprendente suele ser la evolución de nuestro Ortega, que apenas da tiempo a digerir las novedades que plantea su obra cuando él, impertérrito, ya está encerrado en el taller inventando nuevos retos, fumando y fumando; pintando diez horas diarias, fines de semana incluídos, sin vacaciones ni mayores placeres que la lectura o el encuentro con familiares y amígos. Así llegan los buenos resultados, como esta exposición que ocupa actualmente las paredes de la gaLería Cornión, su hogar pictórico desde hace más de veinte años.

Ese perenne inconformismo, a veces, resulta confuso para sus fieles seguidores, que mantienen intacta la fe en sus pinturas conscientes de que sabe lo que hace y, casi siempre, porqué lo hace.

Bajo esa actitud evolutiva que le mueve hace tres décadas, nuestro Ortega indaga los misterios intrínsecos a la pintura, desarrollando cuadros cuyo contenido temático se armoniza con lá lucidez plástica, pese a albergar numerosos misterios literarios y sugerentes ritos poéticos. Bajo ese equilibrio de líneas claras que plasma en su paleta, sigue rompiendo moldes sin rendirse ante el éxito. Por eso está llegando donde está llegando, y por eso, además, duda constantemente. De ahí que le guste recapitular, confesarse sin palabras, entender la verdad del proceso que le mueve y moverse sobre él con la mayor entereza artísticamente posible.

En ese sentido, los planteamientos éticos y estéticos de nuestro Ortega parten de una auto conciencia existencialista, de profundas e íntimas preguntas que luchan con sus conflictos cotidianos. Esa búsqueda es difícil, amiga del entendimiento y enemiga del aburrimiento. Nuestro Ortega, hoy, es también perspicaz, analítico y estudioso de su tiempo y lugar; sencillo pero rotundo, paradójico pero diáfano, complicado pero sincero. Nuestro Ortega es, en fin, tierno, ingenuo y, por fortuna, niño siempre.