Arriba y abajo


Autor: Paché Merayo
Publicación: El Comercio 15-12-2001
Pelayo Ortega se reencuentra con las paredes asturianas en una exposición de serigrafías abierta anoche en la galería Cornión.

Todo el que conoce Cornión -librería arriba, templo de arte abajo sabe que la escalera de acero cortén es el "eje que divide, pero también la columna que une sus vértebras. Ayer, sin embargo, en el local de Amador Fernández, los peldaños reales cedieron capacidad de discordia y suma a otros dibujados, los de La escala de colores, de Pelayo Ortega, que ha vuelto a las paredes asturianas después de ocho años. Por ella se asciende a "un cielo inmenso donde confluyen, quizás, todas las búsquedas", dice Ángel Antonio Rodríguez en el catálogo de la exposición que se encuentra con su hilo troquelado en 16 tintas diferentes) tras un homenaje Astrónomo a Oscar Domínguez. En ella, en esa escala pintada y estampada sesenta veces, se detuvieron todas las miradas que ayer celebraron la vuelta de su constructor a su casa Carnión. Miradas de amigos y miradas de compañeros. Humberto, Miguel Galano, Josefina Junco, José Arias y Cuco Suárez fueron los primeros en festejar el reencuentro, bajar por la escalera de acero y subir por la de color.

De ella hicieron más elogios las mujeres que los hombres, en confesión del propio Pelayo Ortega, que ya tenía estadística sobre los peldaños. Sin embargo, no parecía ayer cosa femenina, ya que el propio Arias aplaudió sencillez formal y dificultad real de la escalera policromada por encima del resto de las serigrafías mostradas para destacar sus calidades o para mirarla como el que describe con evidencia la línea entre el pasado y el presente creador de Pelayo Ortega (con sus extremos más elocuentes en Amor de farol y Fundición), la escalera dibujada desdibujó la escalera real y fue la línea divisoria de opiniones conciliadas, pese a todo, sin fisúras en las doce estampas.

El escritor Juan José Plans fue otro de los amigos que también hizo fiesta de la exposición, como Javier Ortega, el hijo del pintor, que describió la bondad de la colección con un: "¡está muy bien, hombre!" que desbancaba discursos difíciles y daba por valdías explicaciones posteriores. Si está bien, está bien y no hay mucho más que decir.