Gijón del Río


Autor: Angel Antonio Rodríguez
Publicación: Diario El Comercio 18-Enero-2001
La galería Cornión ofrece una sugerente exposición temática.

Javier del Río ha retornado a la pintura con más ganas que nunca, afrontando el reto de traducir a materia la ciudad que le vió nacer. Así, la galería Cornión presenta hasta mediados de febrero sus Pintures de Gijón, donde el color, el equilibrio, el empaste y los matices permiten redescubrir la fuerza creativa de este ecléctico artista, capaz de filtrar otras miradas en su propia paleta sin renunciar a la originalidad.

Las últimas apariciones públicas de Javier del Río mostraron su excepcional capacidad escultórica, repleta de armonía, ironía y ternura, y su constante pasión por la pintura pura. Sus anteriores cuadros, expuestos en parte en el Museo Evaristo Valle, mantenían viva la llama de ese misterio inherente a su propia heterogeneidad, donde algunos maestros de la historia y los amigos cercanos son la piedra filosofal de cada serie. No en vano, Javier del Río es capaz de homenajear a Piero della Francesca, Picasso, Modigliani, Piñole, Valle o Aurelio Suárez al tiempo que mira hacia otros compañeros de generación que, como él, mantienen la calidad como premisa. Javier, con su profundo ojo picassiano, es capaz de reinterpretar con éxito cualquier registro plástico que le interese descubrir desde dentro, recorriendo cada centímetro del soporte elegido.

Así, uno piensa instantáneamente en la provincia blanca de Pelayo Ortega al analizar estas pinturas, que recrean las calles gijonesas y se acompañan con los poéticos textos de Miguel Mingotes en las páginas del catálogo. La línea clara, la perspectiva alta, las escenas húmedas, los rótulos y la interacción de gamas de color parten de un intenso compromiso con el medio pictórico, aliñado con los excelentes registros matéricos de Javier del Río, que ha trabajado muy duro cada pieza. El resultado es atractivo, ofreciendo delicados detalles de nuestro entorno urbano.

Los arrabales, el muelle local, el Muro de San Lorenzo, la calle Capua, el mar Cantábrico, la Escalerona, el Teatro Jovellanos y otras escenografías, ajenas a la forma humana, traducen el quehacer solitario y sugestivo de uno de nuestros mejores pintores contemporáneos, genio y figura, con una capacidad envidiable y sorprendente, que merece la pena defender una y mil veces. Entre otras cosas, para que no le silencien algunos eruditos mal disfrazados de posmodernidad.