Gijón visto por Javier del Río


Autor: José Antonio Samaniego
Publicación: La Nueva España 27-1-2001
En la galería de arte Cornión, hasta el 12 de febrero; el artista gijonés Javier del Río ofrece a los visitantes una visión, muy personal y atractiva de la ciudad.

Nacido en Gijón (1952), Javier del Río es nieto del arquitecto Manuel del Busto, a quien dedica esta exposición. Ha pasado años de juventud en Londres, conociendo el ambiente creativo de la ciudad, y varios en Italia, primero en Urbino, luego en Roma y Cerdeña, con temporadas en Venecia y Florenda. En 1973 estudió grabado en Madrid con Adolfo Bartolomé. En 1997 recibió una beca del Museo Antón, confirmando su vocación por la escultura. Pues estamos ante un artista que esculpe, graba y pinta. Su potente y rico mundo interior tiende a verterse por todos lados, como el agua que rebosa de la fuente.. Dentro de nuestra ciudad, donde actualmente vive en la casa de su familia, participa especialmente en los proyectos expositivos del Museo Antón, el Evaristo Valle y la Galería Cornion. Sobre Javier del Río han escrito Ángel Antonio Rodríguez y Rubén Suárez, bien en los catálogos de Cornión, bien en los editados por el Museo BaIjola con motivo de las exposiciones de pintura y escultura de artistas asturianos nacidos en las décadas cuarenta y cincuenta.

La exposición precedente celebrada en Cornión en 1996 llevaba por título "En el habitado azul de la noche", y Javier del Río exploraba en tonos azul y negro el mundo de la noche al modo de la pintura metafísica italiana y del surrealismo universal, expresándose mediante paisajes soñados que poblaba a veces de ojos y diversas figuras fantásticas, con una pulsión y un efecto siempre fascinantes.

Esta vez los cuadros tienen también una temática uniformadora, que es la ciudad de
Gijón, con títulos y comentarios paradójicos y divertidos de Miguel Mingotes en el
catálogo que edita la Galería Cornión.

"Pintures de Gijón" contiene una serie de panorámicas de la ciudad. El pintor utiliza barras de óleo sobre lienzo y a veces sobre madera. Aplicando estas barras consigue unas superficies rugosas, vivas, aterciopeladas, que nada tienen que ver con el color liso del arte pop y se acercan más a la pintura matérica. Y sobre estos fondos va el dibujo, siempre nítido y en contraste de color, un dibujo que podrías creer realizado a tiza si no tuviera esa calidad aceitosa al tacto.

Vista la técnica y sus posibilidades y resultados, observamos en seguida que el autor pinta de memoria y no se sitúa ante el natural. Tiene una vivencia de la ciudad de Gijón y ese mundo interior suyo es el que vierte. En Begoña hay más árboles; en los Jardines de la Reina dominan las palmeras; en la plazuela San Miguel y la plaza de Europa hay siempre bancos acogedores de madera bajo los árboles, algunos hoy también inexistentes. La noche de Cimadevilla se expresa en paisajes certeros de ambiente, aunque imposibles de identificar porque no existen. Y en El Natahoyo dominan las vías del tren y la vieja estación del ferrocarril, coronadas por las grúas del astillero.

La fascinación de este mundo tan personal, de esta ciudad sentida y soñada, interpretada desde vivencias de la infancia, destila también a través del color, siempre atractivo y delicado, reducido en sus juegos de dibujo a trazo libre sobre fondos de superficies trabajadas como he dicho a la manera matérica. Y así tenemosesas combinaciones de azul celeste sobre azul> marino (Nº 1. Plaza de Europa), esas palmeras de perfil blanco sobre suelo rojo y cielo negro (Nº 11), o ese juego de negro sobre verde y verde sobre negro, también en los Jardines de la Reina (Nº 2), uno de los lugares de la ciudad más tratados por el pintor.

Hay una gran chispa creadora en estos cuadros, hay logros brillantes, como ese suelo del martillo de Capua en blanco, que sugiere las marcas dejadas por los pilotos rojos de los aútomóviles en una foto nocturna.

Podemos preguntamos dónde están las referencias a su abuelo Manuel del Busto y nos equivocaremos si buscamos un tratamiento sistemático de los edificios del
arquitecto. También la presencia del abuelo se difumina en el recuerdo y la nostalgia del pasado. Pero está en el edificio del café de la plazuela San Miguel (Nº 14), esquina a Ruiz Gómez; o en las varias apariciones del palacete de la plaza de Europa, junto al asilo Pola, hoy Museo Piñole. O en esa curiosa estructura metálica que dibuja (Nº 20) para la Escuela de Comercio, la primera de su género en la ciudad.

Digamos por último que la huella de Italia permanece en el tratamiento de estos cuadros, en las luces y sombras que corren entre los edificios, en el ambiente de cosa soñada, tan propio de la pintura metafísica de De Chirico. Ejemplos notorios pueden ser los cuadros azulados, a la manera de la "noche americana" del cine del Oeste, con grandes franjas de luces y sombras, como los dedicados a la fachada del Colegio Inmaculada de los Jesuitas, o a la capilla de la Soledad en Cimavilla. Javier del Río firma con una X y un punto encima, que tanto puede ser la inicial de su nombre como un muñeco surrealista.