Gijón en el sueño de Javier del Río


Autor: Cuca Alonso
Publicación: 15-1-2001
Javier del Río, abrumado por las felicitaciones despertadas entre el público asistente a la inauguración de su muestra artística, "Pintures de Gijón", sonreía levemente antes de decir: "Es que en esta ocasión el óleo era muy bueno; el mejor que había". Apenas unos minutos después del estreno, iban cayendo los botoncitos rojos. a la diestra de los marcos, y con ellos, esa mano codiciosa y anónima que siempre revolotea por las atmósferas artísticas sobresalientes rompía en parte el ensueño de un Gijón mágico; era la señal anunciadora del éxito, pero, inevitablemente habría de desgajar un conjunto representativo de la ciudad. Una ciudad onírica y real al mismo tiempo, en la que Javier del Río había logrado introducirnos merced a una concepción fantásticade cada elemento de su fisonomía. Aquélla no era la galería Cornión, ni aquellas sus paredes, sino la maqueta metafísica de un pueblo, Gijón, estructurada en clave de ingenio, casi siempre nocturno. Para un atrezzo completo hubiéramos necesitado un piano y una partitura de Chopin; la letra ya estaba compuesta por Miguel Mingotes con esa sagaz e inteligente literatura de lo breve.

El inmediato efecto de la muestra, nada más poner el pie en la sala, era una sensación de cordial y legítima envoltura; la belleza nunca produce hostilidad, y aqué
lla era nuestra casa, vista desde la perspectiva de un usuario de rancia y vieja estirpe, "A la memoria de Manuel del Busto", reza la dedicatoria de pequeño catálogo, como un homenaje al abuelo que erigió tantas de las siluetas que los pinceles de Javier del Río y del Busto copiaron de un doble enfoque óptico; el que ofrece la realidad y el que diseña el alma. De Norte a Sur, de Este a Oeste del continente de Cornión, nos íbamos de la playa de San Lorenzo en pleamar, a los jardines de la Reina; del paseo de Begoña hasta el Colegio de los Jesuitas, del Ayuntamiento a las cúspides de Naval Gijón. "Eres una magnífico paisajista", le dijé y su respuesta no pudo ser más escueta, natural y humilde: "Sí".

Veintitrés óleos sobre diferentes materiales; lienzo, tabla, arpillera, papel... Trazos leves, concisos junto a un color que en ocasiones podría parecer disparatado, fruto de una perturbación o de un deseo de enfrentarse al espectador, pero no lo es; una breve reflexión aclaraba los conceptos con diáfana y sintética elocuencia. Vamos a ver, ¿por qué todo el suelo del Muelle es rojo incandescente? "La Virgen está planchada", decíamos de pequeños, mirando las luces púrpuras del ocaso. Los árboles, la columna del reloj, tienden sus sombras por los suelos del Este, y se adivina el incendio del atardecer sin que Javier lo diga. La Escalerona nace desde el prisma de un pájaro, o el de un hombre en un imposible ejercicio de funambulismo, y son obligadas las preguntas, ¿cuándo has aprendido a volar?, ¿por qué ese día de tu desliz celeste la arena de la playa tuvo color republicano? Las respuestas quizá ni el mismo Javier las sepa, pero ahí están, dictadas por un inconsciente que utiliza el arte para gritar sus arcanos.

"Dunes", la hermosa y singular perspectiva del Muro desde el martillo de Capua, no sobrevivió a su primera media hora de exposición, pero en tomo a ella se desvelaron algunas claves de un enigma que tiene inquieto a Gijón, ¿en qué se basa el proyecto de devolvede el sol a la playa? Definitivamente, no son espejos, así que sigamos cavilando. Charo del Busto, madre e hija de Javier del Río y del Manuel del Busto, respectivamente, señalaba el edificio del café San Miguel, quizá como una de las obras más características firmadas por sus deudos, de un modo tan dispar como artístico. Pensé que en esos instantes la vida para ella habría de ser muy grata.
Junto a Javier del Río, con la excepción de su ilustrísima, que ya saben ustedes quién es, la plana mayor del arte local, Pelayo Ortega, Ramón Prendes, José Arias, Guillermo Basagoiti, Pedro Santamarta... Gente exenta de divismo, y ya ven... A algunos los espera Arco, Malbourgh, el mundo...