Estética con ética


Autor: Ángel Antonio Rodríguez
Publicación: El Comercio 23-11-2000
Las inquietantes pinturas de Andrés Rábago han vuelto a la galería gijonesa Cornión, planteando para esta ocasión un mundo de temáticas afines al misterio. Desde la austeridad compositiva y los colores puros, el creador de El Roto continúa criticando las miserias mundanas, bajo una ética comprometida y una atractiva apuesta estética.

Una de las sorpresas de esta exposición, que responde a los habituales modos pictóricos de Rábago, son los textos que forman el catálogo, donde el propio artista plantea sus íntimos pensamientos sobre ética y estética. A través de tales ideas es posible interpretar mejor su mundo pictórico que, no obstante, es tan directo como desgarrador, pese a la aparente amabilidad de sus colores.

El pintor afirma, entre otras cosas, que una buena pintura nunca se agota, lo que se agota es la mirada no entrenada, definiendo su postura creativa, ligada a una figuración escueta y válida, sin aspavientos. El drama de la abstracción estriba en que su ejecución es inevitablemente ‘realista’, escribe. Así, su arte no renuncia jamás a contenidos o mensajes -si he de elegir entre una pintura-como-objeto y una silla, siempre preferiré la silla- ni busca tampoco composiciones amaneradas y fáciles de interpretar. Todo lo contrario. La luz renacentista, la esencia de Piero della Francesca o las herencias metafísicas son aquí algo más que meros argumentos pictóricos, mientras el silencio contenido en cada cuadro anuncia a voces numerosas miserias comprometidas con los tiempos. Nunca he sentido la tentación de representar lo que está ahí. Por el contrario, lo que no está’ ejerce sobre mí una poderosa atracción. No hay anécdotas, solamente testimonios de un sinfín de dramas humanos expresados bajo atractivas capas de materia.

En esa encrucijada, las langostas son máquinas infernales que acechan elementos inocentes, como la niña de Rayuela, marcada por una estremecedora diana, el despistado pez de El acecho o el joven Oferente cuya cotidianidad se rompe tras el vidrio de las peceras que transporta, donde guarda seres menos domésticos que el perro y los pájaros-aviones de La ronda, que limitan libertades mientras surgen argumentos pacifistas y otras utopías mundanas.