La cara esperanzada de "El Roto"


Autor: José Antonio Samaniego
Publicación: La Nueva España 2-2-2000
Muchos se acordarán de OPS, el sutil dibujante que le atizaba a la dictadura tras la trinchera del surrealismo. Hoy casi todo el mundo conoce las viñetas de "El Roto", que aparecen cón regularidad en los periódicos de mayor tirada de España. OPS criticaba con ilusión, pensando que la dictadura caería y que él estaba contribuyendo a la concienciación política de los españoles. Sin embargo, "El Roto", como indica su nombre, vive desilusionado, pues, por una jugada de la fortuna, el mundo nuevo que ayudó a crear se ha vuelto inhóspito. Tan complejos sentimientos son habituales en mucha gente de su generación. La sociedad de consumo nos provoca un gran desasosiego.

Pero hasta "El Roto" es una persona humana, con nombres y apellidos, y le ha llegado ya la edad de saborear la vida en lo que tiene de más tierno e ilusionante, más allá de avatares y diseños sociales. Entre otras cosás porque ya ha entrado en la recta que se avizora como final de la etapa. Y brota, como vimos hace dos años por estas fechas en Cornión, Andrés Rábago, un pintor medio naif que declaraba sus intenciones con un autorretrato como jardinero que riega sus tres personalidades, y con un ábside con huevo que recordaba a Piero en la Francesca.

Y aquí está lá serie de obras que componen "Día de Fiesta". Una pintura luminosa y serena, con base geométrica muy pensada y una distribución plana del color, que se acompaña del claroscuro trabajado también en grandes áreas sobre diversos tonos del mismo color. Resulta a la postre un estilo personal y perfectamente reconocible, con ingredientes fauvistas, cubistas, surrealistas y del más reciente arte pop, todo ello envuelto en un ambiente de próvocadora ingenuidad.

Y también empieza a producirse la síntesis de su visión del mundo. Aquí tenemos obras del todo amables y esperanzadas, como "La Santa" (nº 1), de grandes ojos y velas en las trenzas; el marinero que tira a los botes en la feria (nº 4); la mujer, que barre su portal con alegría en la mañana festiva.(nº 2); el niño que camina feliz con sus peceras (El oferente", nº 14), o la chica que juega al cascayu ("Rayuela", nº 7).
Pero también hay ironías surrealistas, tratadas con gran ternura, como si el autor reconociera sonriente la desmesura de alguno de sus propósitos en la vida. Así veo al pájaro depredador que vigila a un avión como si fuera presa alcanzable ("El acecho", nº 13); al pescador que termina sacando serpientes del agua (nº 11), o al perro que intenta controlar a unos vencejos que vuelan como si fueran misiles en el cielo ("La Ronda", n.o 12). Un perro, por cierto, que se identifica con el propio autor, al recibir de mano de una mujer el plato con bandas de colores a lo Mark Rothko "
Y por fin tenemos otras obras inquietantes y amenazadoras, como todas esas en las que aparecen los cañones sobre la casa, con variedad de significados, y las terribles langostas, verdaderas máquinas infernales, de ojos anaranjados, al acecho y cerco de los montones amarillos del supuesto trigo de la felicidad. Tras recibir cada mañana, el latigazo que nos administra "El Roto", nos consuela la complejidad de Andrés Rábago.