Lo que va de ayer a hoy


Autor: Rubén Suárez
Publicación: La Nueva España 17-2-1999
En la primera edición de Arco, creo que fue la primera, dos jóvenes que parecían gemelas, calvas y lánguidas, vestidas de vaporosos ropajes, paseaban del brazo por la instalación, aunque más bien parecían levitar, esculturas vivientes y etéreas cuya presencia fascinaba entonces, cuando la «performance» aún no era de curso legal, por su provocadora modernidad. En la inauguración de la edición de este año, la risa cantarina y las muy sonoras voces de «Las Virtudes» recorrían los «stands» seguidas de las cámaras que perseguían al dúo para promocionar alguna cosa. No se me ocurre nada que pueda ilustrar mejor la manera en que ha ido evolucionando el concepto de esta feria y la ya tediosa polémica que no deja de acompañarla cada año. Al principio la acusaban de una apuesta pretenciosa y excesiva por lo «epatante» y provocador, de querer ser una bienal en lugar de una feria. Y resulta que ahora la acusan de todo lo contrario, de ser una feria y concebirse al gusto de los coleccionistas. ¿Habrá contrasentido mayor? ¿Para quién se hace una feria si no es para los coleccionistas? Coleccionistas que, por cierto, pudieron encontrar este año en Arco mucha obra y de calidad.

Claro que quizá por mala conciencia con respecto a sus orígenes, Arco creó el pasado año y mantuvo éste una especie de guetos para la exhibición de propuestas más «avanzadas-desmaterializadas», manifestaciones enjauladas y controladas en una esquina, habitaciones sin vistas que responden al nombre de «project rooms» para que los radicales del «body» se explayen a su gusto y sin interferir. El resultado no pudo ser más pobre. Una ausencia absoluta de ideas, una sucesión de vídeos fantasmagóricos que apenas nadie veía y que aburrían. «Rooms» sin «projects» que sin duda hubieran mejorado la presencia de Paco Cao y Cuco Suárez.

Lo mejor sería que la Feria de Arte Contemporáneo se mantuviese como está ahora, procurando ofrecer obra importante de artistas ya consolidados de todo el mundo y al mismo tiempo potenciando el trabajo de aquellos que llegan con nuevas cosas que decir, utilizando para ello todos los lenguajes del arte contemporáneo. Pero también que España crease su propia bienal, como avanzada de lo emergente, de todas aquellas ideas y visiones que es necesario conocer, experimentar y promover.

Volviendo a Arco-99, y ya que hemos comenzado recordando lo que va de ayer a hoy, interesa mucho resaltar con satisfacción de qué manera tan espectacular se ha intensificado la presencia del arte asturiano en la feria. Y no tanto por este hecho puntual, a fin de cuentas efímero, como por lo que tiene de síntoma de su capacidad para competir con éxito a nivel nacional, cuestión aún sin manifestarse plenamente a causa de la falta de iniciativa y voluntad de las instituciones, políticas y económicas. Porque a quien se debe este sacar la cabeza desde el ínfimo nivel en que nos encontrábamos -si Arco sirve de espejo hay que recordar que aquellas primeras ediciones en las que apenas dos o tres artistas asturianos ocupaban un rincón en galerías de escaso renombre- ha sido al trabajo de los creadores y a la labor de las galerías. Cornión y Vértice, sin olvidar L. A., ausente por una circunstancia puntual y que es de esperar se reintegre en próximas ediciones.

Cada vez mejores y más amplios espacios, cada vez obra de mejor calidad y el reconocimiento por parte de crítica y coleccionistas. Es alentador, por ejemplo, ver reproducida en el cultural de «ABC» la gran pieza circular de Herminio en Vértice, que, por cierto, alguien en la noche anterior a la inauguración derribó intrigado por el misterio de su equilibrio «inalámbrico», y citadas obras de los asturianos en relaciones de precios o interés, por no hablar de la expectación en torno al trabajo de Kely, Melquíades Alvarez, Mojardín, Ramón Prendes, Peláez, Camín, Núñez, José Arias... Pero también Pelayo Ortega ocupando un frente de la poderosa Marlborough, junto a primeras figuras del arte internacional. A Luis Fega y Javier Riera en el centro de May Moré; Adolfo Manzano, la sal de la vida, junto a la pieza secreta de Carmen Cantón en Moriarty, y luego el escultor de la parafina inyectando luz a la piedra en Fernando Serrano. O a Eduardo Úrculo entre las últimas adquisiciones de Aena, o, en fin, también al tan nuestro Juan Barjola, mejor que nunca, ocupando espléndida y monumentalmente el espacio de Antonio Machón. Incluso también es sintomática la presencia de la Fundación Municipal de Cultura, la Consejería de Cultura y la Caja de Ahorros. Algo es algo, aunque hay que decir que con franciscana modestia y apagados modos.

Si Arco es un síntoma, que lo es por la oportunidad de que otros vean lo que aquí se hace, es lástima que sea la única oportunidad. El arte asturiano tiene mucho que decir. Pero artistas y galerías tienen que tener aliados con mayores medios y voluntad decidida para que se oiga.