Gijón en Arco 99


Autor: Cuca Alonso
Publicación: La Nueva España 15-2-1999
Sólo una galería gijonesa ha participado en la actual edición de la muestra de Arte Contemporáneo (ARCO), que esta semana se clausura en los pabellones del recinto ferial Juan Carlos 1. Cornión, la sala que regenta Amador Fernández, ha vuelto donde solía; suele concurrir a ARCO y también... Por cierto, ¿cuántos de ustedes sabrían conjugar el verbo soler? Emulando a mi sabio amigo de las letras, Javier Neira, para esta semana y en el salubre ejercicio de recuperar vocabulario podríamos entrenamos en sus complicadas formas. Cornión ha solido obtener éxitos espectaculares en sus muestras, dato que no anula la lamentación por tan notable escasez y las sonoras ausencias que se derivan de ella, siendo Gijón tradicionalmente cuna de numerosos e inmejorables artistas. L. A., por ejemplo, se quedó en casa con todo su equipo de ilustres, que aún lo son más después de haber efectuado una somera mirada sobre ARCO-99, en donde no son todos los que estaban y no estaban todos los que son.

Una vez aligerados los espacios de la magna muestra... desconocemos el número de metros cuadrados ocupados pero imagínense 233 galerías participantes instaladas en ámbitos particulares de amplias dimensiones. Hecha la luz, digo, merced al desplazamiento de la comitiva que seguía a los duques de Palma de Mallorca, cuya presencia inauguraba oficialmente el evento, mi objetivo particular se fijaba en dos puntos, la galería Malborough y Cornión, unidas circunstancialmente por un hombre, Pelayo Ortega, la superestrella de la actualidad asturiana, a punto de irrumpir en el firmamento internacional. La gente del arte sabe que si la Malborough se fija en un artista, éste ha puesto una pica en Flandes. Pelayo Ortega estuvo allí, en Arco-98, con tres obras que se vendieron el mismo día de la inauguración.

Ambas y susodichas salas mantienen una distancia como del cielo a la tierra, pero una no sobreviviría sin la otra; para llegar a la Malborough indefectiblemente hay que pasar antes por una Cornión. No les voy a enumerar todo lo que se exponía en la que está considerada como la mejor galería del mundo; sólo les diré que en la entrada me fascinó un cuadro, un óleo de gran tamaño, cuya composición eran una telas colgadas en tonalidades que variaban del blanco al amarillo. Lo firmaba Claudio Bravo, chileno. ¿Cuánto costará?, pura curiosidad inmediatamente satisfecha: «Cincuenta millones, señora». ¿De dólares? «No, no, de pesetas», me respondieron sonriendo. Pues en esas latitudes se exhibía la obra de Pelayo Ortega; a él no lo vi, pero saberlo presente, tan paisano y tan amigo, nos daba otro talante al pasar entre tan excelsas paredes.Amador Fernández me dio la noticia: «Va a exponer con ellos en exclusiva dentro de un par de meses; creo que será su espaldarazo definitivo», y añadió, «es un pintor extraordinario». Que les sirva a ustedes, los amantes y coleccionistas de arte, de aviso de navegantes; es el momento, después de la Malborough quizá sea inalcanzable. Fino olfato el de Amador Fernández; el año pasado Pelayo Ortega aún estuvo con él en ARCO.

Cornión tenía a la entrada varios óleos de Ramón Prendes, en su línea de inquietante simplicidad, sustentada en el color de la osadía. Vi algún botón verde pegado a sus guarniciones, y no había hecho más que empezar. Cuatro perfiles contra el mar quedaron en mi retina, asimilados, no sé por qué, con el desamparo y con Escocia, no he podido olvidarlos, pero lu desolación en vez de ahuyentar, invitaba a ir de viaje a esa ninguna parte con la que alguna vez hemos soñado. José Arias y sus extraordinarios vertidos, creando insólitas bajamares, invier nos de la resaca y arenales de pena crepuscular. Expondrá próximamente, en conmemoración de sus 25 años en la pintura; era un niño cuando el Ateneo Jovellanos celebró una muestra conjunta de pintores jóvenes.

¡Qué decirles de Fernando Peláez!, al que me acomodé en septiembre del 97, entre su familia botánica, esa gente de tallo y pétalosa., de vocación personalista y sentido biológico. Es un pintor audaz, sincero y sugerente. A sus 33 años aún le quedan muchos «ARCOS» para trascender. José Manuel Núñez ya lo ha hecho al obtener en 1998 el premio «BMW», el más importante que se concede a la pintura española.

Y en ese mundo sin Ortega, un rey, Joaquín Rubio Camín, sangrando hierros de misterioso contenido y elocuente continente. Sospecho que Amador Fernández ha de volver de vacío, nada de su inteligente selección helaba la codicia.