Nuevos caminos de Ramón Prendes


Autor: Rubén Suárez
Publicación: La Nueva España 18-3-1999

Hay dos cosas que echo de menos en la exposición de Ramón Prendes (Gijón, 1950). Una, los formatos grandes. Otra, los óleos sobre papel. De la primera tiene, al parecer, la culpa el propio éxito del pintor en la reciente feria de Arco y las ventas correspondientes. En cuanto a la segunda, quizá la presencia de un soporte distinto hubiera restado homogeneidad a la muestra, pero no sería mala idea que una próxima exposición se dedicara en exclusiva a esta obra sobre papel que en la creación de Ramón Prendes tiene personalidad propia y resulta extraordinariamente sugestiva, como también sus dibujos, y es posible que los aficionados al arte se vayan olvidando de ambas cosas, lo que es una pena.

En cuanto a los formatos, hay que decir que las medidas resultan quizá aún más determinantes en la apreciación de la obra a medida que Ramón Prendes va haciendo su pintura más austera y monumentalizada, más robusta, fuertemente estructurada en grandes masas la composición; menos surrealizante y más metafísica por decirlo así, tras pasarla por un tamiz en el que se van quedando -ay, dolor, porque a mí me gustaban- sus quimeras, sus criaturas fantásticas, hombre pez, cuadrúpedo o rama, de una personal mitología que le acercaba a los encntamientos, ya desde aquellos dibujos de las Rías Bajas, de maestros de filiación mágica como El Bosco.

Ahora Ramón Prendes va despojando sus cuadros de faunas e incluso de flores, mientras se enseñorea de ellos una vasta soledad en la que la presencia de lo humano o lo animal no se registra expresamente pero se convierte en una tensión, una posibilidad misteriosa que es condición de lo ambiguamente llamado metafísico». Esa soledad, esa monumentalidad estática y silenciosa, está sin embargo lejos de ser inhóspita plásticamente porque Ramón Prendes es un colorista de mucha calidad que se mueve con la misma seguridad en los cromatismos de más amplio registro e intensidad que en los más contenidos y matizados. Y también porque está en posesión de una personalísima geometría generadora de formas de poderosa y atractiva presencia que tienen además la facultad de damos la impresión de estar en trance, o por lo menos de posibilidad de alguna transformación fantástica. Y de todo lo dicho concluiremos, para volver al principio, que el formato de la obra influye en la intensidad de la misma.

No terminaré sin citar algunas peculiaridades de esta exposición. Por ejemplo, cuatro bodegones de una sola fruta ambientados en una parquedad y un espiritual-puntillismo que me recordaron a Cristino de Vera, dos cuadros pequeños con unos veleros de tan elementalísima traza que sólo son dos triángulos blancos y una obra muy geometrizada y cortada de planos que le da a uno la impresión de ser una intromisión de Malevich en De Chirico. ¿Serán nuevos tanteos? Por lo menos, el título de este último cuadro no puede ser más significativo: Dos caminos.