Ramón Prendes, en el verano de su vida


Autor: Cuca Alonso
Publicación: La Nueva España 15-3-1999
No importa que las salas de exposiciones, según me comentaba el arquitecto Enrique Perea en la inauguración de la nueva muestra de Ramón Prendes en la galería Cornión, tiendan a cerrarse de tal modo que han de convertirse en grandes cajas, bien blancas o negras, absolutamente ciegas a la luz exterior. No importa, por supuesto, en el caso que nos ocupa, sino que incluso se agradece; las citadas paredes de Cornión, al responsabilizarse de la exhibición de los 28 óleos de este artista gijonés (calle Uría, 1950), se iluminan a sí mismas en tres dimensiones -tierra, mar y aire- con tanta riqueza expresiva que el espectador queda envuelto en el más bello compendio de los recursos y variaciones de la luz del universo. Es la obra de Ramón Prendes como una síntesis, un festival de luminosidad en el que los elementos restantes son meros recursos adyacentes; algo hay que poner bajo la luz.

Un homenaje a la Tierra, diría. Tierra sin mácula humana, pero no desolación. El hombre está implícito en la obra, pero jamás se le ve, como si cada paisaje, al modo del maestro de la tauromaquia, hubiera gritado ¡dejadme solo!, en un alarde de valor frente a la bestia. Déjame solo, Ramón, con mi verdad y mi belleza, dice la arena extendida o el acantilado de la inquietud. Es como un clamor de exigencia, de responsabilidad ante la oferta de la naturaleza. Alguien ha dictado en el espíritu artístico de Ramón Prendes el abecé de cómo debería ser el mundo en manos de sus habitantes, esos seres que están, que se delatan en veleros que bogan un mar de verano, o han encendido el humo que vuela las chimeneas, erigieron los edificios o cuidaron el jardín de setos recién recortados. Un mundo limpio, pacífico y acogedor. Sabia lección de ecologismo.

Ese repliegue humano lo encabeza el propio Ramón Prendes, tras su ropa negra, su sonrisa tímida, sus palabras escuetas. Puro contrasentido con el alarde de plenitud y verano; es la única estación de su mundo pictórico, descrito siempre a través de la luz como único soporte, pese a los amaneceres, los crepúsculos o las tormentas. Si no lo hubiera dicho ya Julián Ayesta, titularía Ramón o el mar del verano.

En torno al artista, la solidez de sus amigos, compañeros de la más larga y difícil aventura, estuvieron allí; siempre Pelayo Ortega, por ejemplo, jamás el éxito nublará sus ojos. «Inaugura el 20 en la Malborough, es ya lo más sobresaliente de la pintura española», me dijo Amador Fernández, gerente de la galería Cornión. Tampoco faltaron artistas tan consagrados como José Arias, Bernardo Sanjurjo, Miguel Mingotes o Fernando Alba... Por cierto, ya llueve menos, ¿eh? «¡Uf...!, menos mal», me dijo.

¿Has visto el norte de África?, le pregunté a Ramón Prendes. «No, pero no eres la única que ha querido saberlo». Así que el precioso playón de Libia, rojo de atardecer, era sólo un invento y... Una tentación que ya no le pertenece. ¿Por qué esa constante fálica? «No, no... -casi disculpándose-, son elementos verticales que me resultan imprescindibles para componer un paisaje».

Me olvidé de preguntarle por aquel árbol cuyas raíces llegan al centro de la Tierra, pero puestos a inventar... Ramón Prendes nunca estuvo en Libia y ha descrito sus luces; una servidora tampoco ha viajado al centro de la Tierra, aunque sabe que lo único que podría alcanzarlo, soportar su fuego, es el amor, así que quizás ese cuadro, que Ramón no debería vender, sea un homenaje a Paloma del Río, la referencia sentimental de su propia existencia.