Navascués espera....


Autor: José Antonio Samaniego
Publicación: La Nueva España 20-3-2001
Los cascos son de la llamada "época negra" de Navascués, cuando a mediados de los setenta hace el piloto de fórmula 1 y el aviador (Museo Casa Natal de Jovellanos), y se denomina así por la terminación en negro de la madera lacada. Los cascos o corazas se abren por la mitad con unos tornillos y sugieren una abrazadera rígida, una coraza guerrera, que a su vez es el arquetipo de la belleza clásica. El cuerpo utiliza coraza para protegerse del mundo y asumir con menor riesgo la aventura de traspasar las barreras que impone el medio físico. Es una experiencia estética y vital.
Luego el espíritu tomará conciencia de las barreras que le impone el propio cuerpo. Es una vivencia espiritual, desde Platón a los místicos, como analiza Pepa García Pardo en el precioso texto que le dedica a Navascués en el catálogo (a ella también se debe "José María Navascués: Figuras para un recortable", que editó la Casa Natal de Jovellanos en 1999). Las dos espléndidas cabezas en madera negra lacada se abren como antiguos relicarios, como contenedores de lo sagrado, que es el propio cuerpo humano en la primera instancia sensible. Pero en seguida el trabajo de Navascués con la madera, ese trabajo peculiar de ebanista sublime que dobla, encola y organiza trozos, planchas y vetas, hasta conseguir esa forma misteriosa y profunda, espiritual y gestáltica, transita los caminos del espíritu, rompe desde dentro la envoltura corpórea y forja obras como el impresionante huevo coloreado, paradigma vital antiguo y nuevo, desde Aristóteles hasta Freud y los surrealistas. Y otras formas puramente abstractas, limpias, geométricas en la sublimidad de curvas con múltiples sugerencias que superan lo corpóreo y lo material, y son como deformaciones y superaciones del propio cuerpo humano como envoltura del espíritu, tal como ha sido considerado en numerosas culturas de Oriente y Occidente.

Los dibujos son aún más sutiles, con unos toques muy ligeros de líneas y colores a los que se oponen en collage cuerdas, maderas, alambres o guijarros. Todo un ejercicio de paso transfronterizo entre la realidad y el deseo, la física y la metafísica, entre el más acá y el más allá. Nunca cumplió el co!lage tan exactamente su función de manifestar la presencia de la realidad más tozuda, puesto en contraste con muy delgadas intervenciones de materia pictórica.

Por último, la cuna del bebé es uno de esos ejercicios gratuitos en que un artista incurre para liberar emociones y cultivar amistades. Una cosa para él tan sumamente fácil, cuatro tableros ensamblados en cola de milano, dos balancines, dos corazones de adorno en las cabeceras... una de esas cunas que se ven en grabados antiguos. Tan fácil para él y tan preciosa para el destinatario, que fue una hija del fotógrafo Carlos Acuña.

¿Qué espera Navascués? Espera y requiere y urge ya, pasados 22 años de su muerte, una catalogación de su obra, una exposición antológica, con los escritos e interpretaciones que su obra merece, y salidas frecuentes más allá del Pajares en intercambios artísticos de alto nivel con instituciones de todo el mundo. Pregunto al galerista Amador Fernández Carnero si hay mucha obra de Navascués dispersa entre particulares o esperando aflorar al mercado. Y me dice que no. Pues son tres las fuentes o depósitos de obra de Navascués: una, la familia; otra, la que poseía Carlos Aguilera, de Galería 13 de Barcelona, que ya ha sido expuesta y vendida en Comión; y la tercera, áquella obra que quedó en propiedad de Carmen Suárez, la dueña de la galería Tantra de Gijón, de donde proceden los fondos que ahora se exponen.