Rubio Camín retorna a la pintura


Autor: José Antonio Samaniego
Publicación: La Nueva España 8-1-1998
En la galería Cornión cuelgan 16 óleos de Joaquín Rubio Camín, que inesperadamente ha vuelto a la pintura. Lo celebraba el día de la inauguración con su amigo Antonio Suárez, recordando andanzas de hace cuarenta años. La pregunta que surge es: ¿ha tomado los pinceles del mismo lugar donde los dejó en 1960 para dedicarse a la escultura o hay algo nuevo en su paleta, fruto del paso y el poso de la vida?

El galerista Amador Fernández, que preparó en 1992 la antológica de Camín pintor en el Barjola con telas desahuciadas por el artista, mantiene la tesis de la continuidad, como también Ángel Antonio Rodríguez en el prólogo del catálogo.

Pero la respuesta no es sencilla. Hay una primera diferencia importante: Rubio Camín pinta sobre seguro, construye sobre una fama consolidada, con un grado de libertad mucho más amplio que cuando empezaba hace años. Y eso se nota en la soltura con que pinta, seguro de sí mismo, de vuelta de muchas cosas, dando rienda suelta al instinto, a la intuición, a la querencia. Estos son cuadros inmediatos, resueltos en tiempo escaso, alegres y ligeros de equipaje, exentos de fatiga. No hay en ellos la menor huella de duda ni de trabajo acumulado.

Soltura y espontaneidad dominan como impresión y como técnica: se combina el perfil definido con el zig-zag nervioso, la pincelada larga con la espátula, la pasta ligera y la espesa.

En esta tesitura le salen a Camín una serie de querencias antiguas. Como la querencia del volumen, en esas peras omnipresentes, silueteadas en negro y resueltas con amplios toques de color a la manera de Cezanne. A este pintor parece rendir Camín homenaje en «Avión», con ese poyo surrealista de la zona baja en que figuran el cilindro, la esfera y el cubo, formas geométricas para el tratamiento de la naturaleza en el programa cezanniano. También «Espejo» recuerda en su inclinación de planos el «Bodegón con Cupido de yeso» de Cezanne (Courtauld Institute Galleries. Londres).

Le sale la querencia de la arquitectura, que tantas veces forma parte inexcusable de la composición y también de la distribución de masas de color. Vemos qué protagonismo siguen teniendo las casas rurales, los bloques ciudadanos, o esas paredes atacadas de frente sin rubor alguno, a veces negras bituminosas, a veces rojas, a veces portadoras de manchas que equilibran cielos o términos lejanos. Le sale la querencia de la geometría precisa en la arma dura del cuadro, rellenando luego espacios hasta con descaro.

Pero creo que hay también novedades. Se atreve a hacer un caballo plano con restos de paleta, consciente de que si borramos el perfil del animal nos queda una pared que vale por sí misma. Le sale en «Noche» un extraño ambiente moro y lo disfruta sin problemas. Se atreve en «Playa de San Lorenzo» a codearse con Piñole en la captación de ambientes neblinosos, del paisajismo asturiano tradicional.

Es consciente en «Sur» de una lectura filosófica (los famosos cuatro elementos) de un cuadro en apariencia tan sencillo. O sea, Camín es un pintor con conciencia de fin de siglo, sabedor de la mucha agua que ha corrido bajo los puentes del siglo XX. Ninguna prueba mejor que su autorretrato desdoblado: de espaldas es el hombre en contacto con la naturaleza, que vive en Valdediós y pinta en una panera asturiana, el hombre lobo; de frente es el artista que navega por redes informáticas y vende en Nueva York.