Feliz pintura, Camín


Autor: Rubén Suárez
Publicación: La Nueva España 18-1-1998
En 1989, en el Museo Barjola, la exposición «Rubio Camín, pintor» recordaba en una retrospectiva la creación artística de Camín hasta el momento en el que, en 1960, «se le acabó la pintura» y empezó su búsqueda del gran angular y la ingente obra escultórica en los últimos años desarrollada. Ahora, treinta y siete años después, vuelve Camín a exponer pinturas, porque ha sentido la necesidad de expresarse con ellas y en mayor profundidad y compromiso plástico del mantenido durante esos años mediante ocasionales dibujos, ilustrados o colages, que alternó con sus trabajos de escultor.

Es inevitable la comparación de estos cuadros de ahora con aquéllos del período de 19471960 que había finalizado no sólo con una agudización de lo constructivo que, como se ha señalado, presagiaba la obra escultórica, si no con una tendencia a la abstracción plenamente asumida luego en la nueva disciplina artística. ¿Retoma Rubio Camín su camino pictórico donde lo dejó? ¿En qué se parece aquella obra y la que ahora nos muestra en Cornión?

Sinceramente, creo que el pintor no se planteó ninguna de estas cuestiones. Simplemente, volvió a encontrarse con aquella pintura que «se le había acabado» y en el placer del encuentro unió a su oficio de pintor las vivencias de su madurez vitalísima. Empezando por la temática, no hay ahora paisajes industriales o urbanos, sino referencias plenas a la naturaleza de la que se rodea en Valdediós. Y la luz invade gozosamente sus pinturas frente al más oscuro cromatismo anterior. Claro que mantiene el sintetismo y la geometrización constructiva, cezanniana, como no podía ser menos. Pero la estructuración formal y compositiva, la rigidez de contornos en los planos, el hieratismo se han suavizado, se han difuminado, dando paso a un sutil tratamiento más naturalista, más suelto de pincelada, más atento a las sugestiones de la naturaleza que a la pauta formalista de la tendencia. Es como un homenaje a lo vivido y entraña una sencillez y una depuración que le acerca, en los bodegones sobre todo, al recuerdo de Caneja o de Ramón Gaya, aun cuando, y esto es lo más significativo, siga siendo, sobre todo y con meridiana evidencia, el Camín pintor de siempre; también en los guiños metafísicos, sólo que ahora más cercanos a lo lúdico que a lo ominoso. Porque es ésta una pintura de buen agüero, bienhumorada, de magia blanca. La pintura de un escultor que es feliz pintando y que siente a diario en la nuca el aliento de la naturaleza. Pero que al mismo tiempo no olvida la regla que corrige la emoción, el canon, el oficio de pintor, el pintor que hubiera podido ser, que ha vuelto a ser, aunque nadie sabe hasta cuándo ni hasta cuánto. Feliz pintura, Camín.