Hacia la síntesis


Autor: Ángel Antonio Rodríguez
Publicación: El Comercio 31-12-2006
Josefina Junco continúa depurando su impronta estética.

La exposición que presenta estos días Josefina Junco (Arriondas, 1949) en la galería gijonesa Cornión permite contemplar los últimos avances de una pintora directa y
sincera que, sin estridencias, trata de evocar instantes casi mágicos. La obra contiene los registros habituales en Junco, que evoluciona día a día llenando la tela con atractivos juegos cromáticos.

Toda la trayectoria de Josefina Junco está marcada por la expresión de un mundo personal que, a través de herramientas esencialmente plásticas, se traduce al espectador sin máscaras ni trucos. Ciertos excesos temáticos y su aparente simplicidad hacen palpitar algunos registros de la obra en los límites de un primitivismo que tiene poco que ver con el naif, pero mucho con la pureza matérica y el análisis de cada trazo.

Así, en su lenta metodología de trabajo la pintora deja correr sus ínfimos pinceles en universos privados y detallistas, que reposan en juegos cromáticos donde las texturas son el verdadero imán de las miradas, al margen de ataduras representativas. El espíritu narrativo de algunas piezas parecen reclamar moderadas lecturas metafisícas, pero el grueso de la obra responde a premisas personales y, ante todo, pictóricas.

Desde que en 1980 empezó a investigar el uso de ceras y tintas de manera autodidacta, Josefina Junco pasó por etapas cercanas al expresionismo, el surrealismo e incluso la abstracción, utilizando frecuentemente témpera y denotando un creciente interés por la austeridad formal. Para ello, solía proyectar al soporte dobles perspectivas que levitaban en varias dimensiones, como pudimos contemplar en anteriores exposiciones públicas de su trabajo -Casa de Cultura de Avilés, Arco 95...- y en su última aparición en Cornión, hace ya tres años.

Tratando de mejorar técnicamente, con un elogiable afán por incorporar novedades a su hábitat iconográfico, Josefina Junco equilibra el óleo y el temple a la goma arábiga para aumentar los efectos de las superficies y enriquecerse en el estudio de tonalidades y empastes, haciéndose cómplice del tiempo, el espacio y la nostalgia de su infancia.

En esta ocasión los guiños paisajísticos le sirven para penetrar en el estudio de diversas perspectivas, bajo sólidos principios constructivos donde el dibujo se torna más depurado que nunca. En muchas piezas, los elementos vegetales dan título a las obras, llenando el soporte de gamas, lineas y manchas capaces de convivir con el espectador. En otras, más líricas, apuesta por la inmensidad del mar, concebido casi como arquetipo y salpicado de figuras que colaboran en la dinámica de cada cuadro. Bodegones y playas despliegan, finalmente, un abanico de recursos más amplio que antaño; una amalgama de soluciones que vibran al son del color, principal estrella del conjunto. Josefina Junco, sin duda, ha renovado su entusiasmo en este nuevo viaje hacia la síntesis.