Entrevista


Autor: Ángel Antonio Rodríguez
Publicación: El Comercio 12-12-02
'Somos hijos de las mismas luces'

El diálogo constante con el espacio, la necesidad de establecer relaciones de las piezas con su entorno y la honestidad priman en la trayectoria del artista.

Aunque nació en Vitoria en 1957, Knörr reside en Asturias desde 1982, y ha desarrollado aquí su trayectoria artística. En los últimos años ha presentado pocas exposiciones individuales, pero mantiene un ritmo de trabajo poco habitual, con numerosos encargos para particulares y grandes obras públicas. Recordemos, entre sus aportaciones recientes más importantes, las esculturas ‘Árbol’ (Piloña, 1996), ‘Tolerancia’ (Corvera, 1998) o ‘Picos de Europa’ (Cangas de Onís, 1999), fruto de su habitual lenguaje constructivo, sabia relectura de las vanguardias, en general, y de las raíces escultóricas vascas, en particular, con el que desarrolla un lenguaje personal, en diálogo con el espacio, la austeridad, los volúmenes y la materia.

Ahora, Knörr ha diseñado un atractivo conjunto para su exposición en la galería gijonesa Cornión, tratando de interrelacionar las condiciones estructurales de la sala con los ritmos de cada pieza, manteniendo la tensión entre continentes y contenidos, dentro y fuera de las propias obras. Un juego inteligente, ironía fugaz de este autor honesto, que opone el hierro al aire para observar sus relaciones invisibles y confrontar naturalezas.

–Hoy no es habitual ver esculturas contundentes, capaces de mantener su autonomía y reivindicar una relación tan íntima con el espacio que ocupan. ¿Quizás por eso, eres un expositor remiso?

–En cierto modo, sí. Medito mucho el sentido unitario de cada exposición. Lo primero que me sugirió ésta fue realizar una escultura contenida, limitada. Cada pieza está pensada expresamente para funcionar en un entorno pequeño. Por eso me sorprende gratamente cómo se relacionan los huecos, la escalera y la luz de la sala con cada uno de los trabajos.

–En tu obra no hay, aparentemente, pretextos temáticos, pero se intuyen motivos que subyacen bajo la abstracción de las formas verticales y angulares, de las fisuras o las soldaduras. ¿Hasta qué punto influye el entorno habitado en tu lenguaje plástico?

–Para mí el entorno es fundamental. Creo, además, que hay ciertas connotaciones comunes a la mayor parte de los escultores que trabajan en la Cornisa Cantábrica; referencias latentes, volúmenes duros, piezas rotundas y especialmente intensas en la escultura vasca. Todos somos hijos de las mismas luces y los mismos problemas. Esta estética norteña no se suele dar en otros lugares.

–¿Tales referencias tienes, quizás, más presencia en las esculturas pensadas para ocupar espacios públicos?

–Son dos modos distintos de afrontar el trabajo. Normalmente, en los espacios públicos hay más vibraciones directas de la naturaleza que es, sin duda, mi fuente de recursos estéticos más importante. Reminiscencias minerales, cristalizaciones., rocas, cortezas, árboles, nubes...todo condiciona, de alguna manera, mi obra.

–Tomas la materia, la piensas, la sueldas, la envuelves en masas de acero y dejas que el contenido trascienda formalmente. ¿Escultura viva?

–El espacio y las formas no tienen sentido sin el tiempo. Por eso, cada pieza sugiere un movimiento que parece haberse detenido. Es un proceso difícil de describir, donde las sensaciones se alimentan unas de otras.