Energías en clan


Autor: Ángel Antonio Rodríguez
Publicación: El Comercio 11-10-01
La galería gijonesa Cornión ha abierto su temporada con las esculturas de Carmen Castillo, cuya particular figuración parte de atractivas apuestas formales, entre lo lúdico y lo real, reivindicando la calidad, la energía y la pureza plástica. Grupos de personajes anónimos, en bronce, configuran un original compendio expresivo.

Lo primero que llama la atención en cada clan propuesto por las manos de Carmen Castillo, es el equilibrio de las proporciones, bajo una figuración que remite hacia algunos trabajos de Giacometti, en un cuidado discurso de respeto al maestro. Sin embargo, fluye aquí cierta brisa metafísica, en registros que superan el argumento meramente espacial para traducir una lectura espacio-temporal. Así, el tiempo parece detenerse en la anónima mirada de estas cabezas, provocando tensiones, antesalas del movimiento, que uniformizan cada grupúsculo de una manera peculiar.

Hace bastantes años que Carmen Castillo trabaja bajo esas premisas, compaginando el análisis de la materia, generalmente bronce o madera, con el diálogo con el espacio. Residente en Gijón, aunque poco conocida en Asturias, esta entusiasta artista crea por puro placer, desarrollando en cada etapa un cúmulo de búsquedas plásticas y guiños expresivos que merece la pena analizar. Así, en su trayectoria no parecen caber las intrigas mercantilistas, ni tampoco esas ambiciones sociales que denigran la experiencia profesional, en una actitud que, una vez más, resulta cercana a la esencia de la galería Cornión.

Coherencia, calidades y sentido contemporáneo, pues, brillan en esta muestra, donde la grandeza no depende de la escala elegida, sino de la potencialidad que contiene cada una de las obras. Filiformes o voluminosas, esas masas de bronce resultan totémicas, casi arcaizantes, manifestando cierto misterio. No en vano, cada grupo propone una escenografía colectiva que parece ironizar sobre el absurdo teatro del mundo y que resultan sorprendentemente casuales en estos terribles días que coinciden con la exposición.

Precisamente ayer se inauguró en el Moma de Nueva York la gran retrospectiva de Giacometti, de cuyos trabajos a escala escribía recientemente Kosme de Barañano, diciendo que “se debaten entre una distancia determinada y medible y una relación espacial que siempre será subjetiva, pues pertenece a la mirada y al pathos personal”. Evocando aquí las piezas de Carmen Castillo, vuelve a emerger la impronta del maestro, sobre todo el de aquellos grupos de personas en plazas o de las cabezas de la Bienal de Venecia del 56, digno canto a lo pequeño como medida de las percepciones. El único peligro de esa insistencia de Carmen Castillo en lo arquetípico es que puede provocar cierta monotonía. En este sentido, habrá que seguir de cerca la evolución de esta interesante escultora que, afortunadamente, aún no evidencia conformismos.