El clan de Carmen Castillo


Autor: José Antonio Samaniego
Publicación: La Nueva España 3-11-2001
De formación autodidacta, Carmen Castillo (Zaragoza, 1959) empezó trabajando el barro, ha hecho pinltura y ahora se pelea con el bronce. Siempre alrededor del espacio y el volumen, incluso cuando pintaba para liberar sugerencias y buscar nuevos caminos de formas y figuras. Larga es su presencia en Asturias. Expuso en Oviedo, en la galería, Marta Llames (1994) Y en los claustros de la vieja Universidad (1995). En Gijón admiramos una de sus obras en la muestra "África", de la Galería L. A. en el invierno de 1997. Su obra pública más importante es el grupo de un profesor y cuatro estudiantes situado en la plaza de San Pablo de Palencia, homenaje a la primera Universidad española. Pero entre nosotros está la "Avellanera" de Infiesto (1990), el "Pastor de los Picos de Europa" en Benia de Onís (1998), la "Danzante" de la Biblioteca del barrio de La Luz (Avilés, 1995) y la pieza titulada "Diferentes pero iguales", que conmemora en Corvera (1995) el Movimiento para la Paz, el Desarme y la Libertad, de Asturias.

En Cornión hay 21 bronces de Carmen Castillo, número que representa un esfuerzo importante por parte de la autora, tanto en el trabajo como en la inversión. Tal apuesta revela confianza, descubre una artista en la plenitud de su fuerza creadora, consciente y segura de su producción. Y la verdad es que está encontrando entre nosotros el éxito que merece. Sus piezas salen para jardines o para interiores, pues, entre otras cosas, se prestan al juego con el espectador, con la persona que les destina en su casa o en su jardín aquel espacio que les resulte adecuado, un hábitat propio.

De las 27 piezas que presenta Carmen Castillo, ocho son tótems rocosos, de volumen abultado, que la autora denomina "Emergencias". El resto son alargadas, estilizadas, troncos de los que se apodera la figura humana. Las "emergencias" pueden sentirse a gusto entre la rocalla o los arbustos de un jardín. TambIen los troncos hominoides, según su tamaño, pueden entonar como paseantes entre los árboles, o como postes al lado de la chimenea o la biblioteca del salón.

Y todas son mujeres. Recuerdan en principio las "Xoanas" de la escultura griega arcaica, troncós de árbol rematados en cabezas rudimentarias, que poco a poco van tomando posesión de su volumen cilíndrico, cuando el artista elimina aquella materia mínima que le permite resaltar unos brazos extendidos a lo largo del cuerpo o una falda alargada. El caso es que no estamos al principio sino al final de un ciclo escultórico. Y esta vuelta a la -antigüedad o al sentimiento de lo primitivo, tan propio de la mejor escultura de vanguardia desde los inicios del siglo XX, significa afirmación del volumen, rotundidad, nueva reconciliacióiI con el mundo. Porque el "clan" o conjunto de esculturas humanas de Carmen Castillo no representa a blancosi ni a negros, a judíos ni a cristianos. No trabaja anatomías ni manifiesta evolución en el tratamiento naturalista. Es la Humanidad pura y simple, el hombre de nuestro tiempo, habitante de la aldea global, universal y por encima de las diferencias, como llegará a ser este planeta si quiere evitar su destrucción.

Son piezas que aúnan lo primitivo con lo clásico y saben de la existencia de Fidias, de Donatello y Miguel Ángel. Pueden serlo todo menos ingenuas. Un gesto mínimo vale para dotarlas de intensa expresión, ganando con toda justicia los títulos que llevan, como "nostalgia, ensimismado, abstraído, sosiego, emoción"... Las series de "Helíades" y "Erinias" son troncos que terminan en siluetas de mujeres con inequívoca referencia al perfil de la Venus de Milo, sin brazos y con la curva de la cadera muy marcada. Aquí está su particular evolución en la referencia desde el ciclo de las "korés" griegas hasta el belenismo. La mujer como árbol, raíz y fuente de la vida, Eva o madre de los vivientes, impregna con su presencia rocas y árboles de todo el planeta. Y si la escultura empezó en los troncos de árbol es porque allí vivían ya aquellos seres de las metamorfosis que habitaban rocas o vegetales. La autora no hace sino descubrir a Dafne en el laurel o a las Helíades en los álamos que lloran junto al río a su hermano Faetón, o a las Erinias que nacen de tas gotas de sangre de Urano y llevan en la cabeza una melena de lianas o serpientes. En la era de la ciencia plagada de sorpresas volvemos a descubrir la necesidad del respeto a la Naturaleza, la frágil condición de los seres humanos en la cadena biológica.

Y para terminar, observad el tratamiento de la superficie de esos troncos o rocas aparentemente sencillos. Son toda una lección magnífica de texturas conseguidas con intervenciones mínimas, que pueden pasar desapercibidas de lo naturales que son. Habría que compararlas con cilindros industriales para notar la clamorosa diferencia. Y observad las pátinas de estos bronces. El verde de la malaquita, el azul de la azurita, el negro, el ocre que sigue siendo bronce y no hierro.