No hay mejor criterio que el respeto por la vida


Autor: Luis Feás Costilla
Publicación: La Nueva España 29-04-2021
Vicente Pastor expone en la galería Cornión su mejor pintura.

Vicente Pastor es pintor de la tierra, pero no por la materia que utiliza, sino en un sentido más amplio, primordial, telúrico. Autor de un relato incombustible, como recoge el título del libro que en su homenaje se publicó hace unos meses desde el Certamen Nacional de Arte de Luarca, escrito. por Juan Carlos Aparicio, su pintura, que forma parte de un trabajo más amplio, que llega hasta la instalación, la acción artística, la fotografía o el vídeo, siempre transmite verdad, supura herida, no tanto la personal como la colectiva, en un momento dramático para el devenir humano y el planeta. Hecha casi siempre con arenas de sílice y pigmentos, sobre una superficie tensa a la que incorpora objetos encontrados, su militancia abstracta, que abarca más de cuarenta años, desde que se destacó como uno de los fundadores del grupo Abra, no es más que el deseo de comunicar inmediatamente, dejando hablar a los materiales, a los que sirve como médium, como mero artífice.

La obra que muestra en su primera exposición individual en la gijonesa galería Comión tiene su origen en los meses más duros del confinamiento, cuando, encerrado en su casa-estudio en Barcellina (Valdés), sin apenas medios de subsistencia, fue testigo de cómo la irracionalidad humana castigaba a la naturaleza fumigando los campos y matando mariposas, caracoles y todo tipo de seres vivos "menores", a la caza de un microscópico virus que todavía no había aparecido por allí. De la memoria franciscana de este suceso acopió materiales pobres para, en su fértil creatividad, entre la intuición y el desconcierto ante hechos turbulentos, realizar una treintena: larga de piezas compuestas, integradas en series, dípticos o ensamblajes, como un grito mudo, pero de una expresividad absoluta, que en su lucidez no explícita hace que sea de lo mejor que ha mostrado nunca. Denota una madurez que es conjunción en el espacio y el tiempo, catarsis trágica, sacrificio inmenso, totalmente justificado en un artista que ha tenido que renunciar a tantas cosas con tal de no aburguesar su compromiso ético y estético.

En la exposición están las características fundamentales de su pintura. Los cuatro elementos, tierra, agua, brisa y fuego, que dejan trazas directas en su trabajo, identificando constantemente arte y vida. También los colores, ese azul ultramar que lo acompaña a todos lados y surge de la atenta observación de las profundidades, pero además el rojo intenso, el negro carbonizado, el blanco, los terrosos más apagados, que suelen tener un trasfondo simbólico e intencionado, más allá de lo aparente. El collage, los objetos pegados, que son recolectados al azar pero incorporados de manera significativa, generando el chispazo que siempre produce la unión de lo informal y lo concreto sobre una misma mesa de disección. Son obras opacas, que ocasionalmente dejan traslucir lo que subyace en el fondo, realizadas por un obrero del arte moderno, en capas de mortero, aplicadas con pico y pala de albañil, rastrillo de campesino mariñano, escoba de amo de casa o las propias manos, sin por ello ocultar el material con que están hechos los sueños, expresados mediante rituales ancestrales que buscan un estado de conciencia, en un lenguaje estrictamente contemporáneo.

Es lo mismo de siempre pero renovado, en un pintor al que no le gusta repetirse y prefiere trabajar con criterios variables dentro de una indiscutible coherencia. Sin embargo, la visita a esta exposición enfrenta a la certeza de que, ya está dicho, allí se encuentra mucho de lo mejor que Vicente Pastor ha hecho nunca, verdaderas obras maestras de carácter antológico, que no necesariamente coinciden con las de mayor tamaño. El artista se halla en un momento de plenitud, en el que la aspereza superficial, que exige del espectador una cierta búsqueda para encontrar la conexión, se conjuga a la perfección con un fondo atractivo, mucho más plástico, que tiene que ver con la empatía, la compasión, la necesidad de transmitir una conciencia y una denuncia que afecta al mundo entero. Resulta difícil explicar ese "no sé qué" que diferencia esta pintura reciente de la inmediatamente anterior, con casi igual técnica, color, texturas, procedimientos, pero lo único seguro es que luce lo suyo en el diáfano espacio de la galería, que durante unas semanas se convierte en avanzadilla del campo dentro de la ciudad, de la tierra tratada con respeto, el fuego que lo purifica todo, el mar que detiene el incendio, en lo que podrían ser los últimos instantes de conciliación antes de la debacle final, que se antoja irresistible.