Hacia ninguna parte


Autor: Ana Ranera
Publicación: El Comercio 18-01-2020
El artista sevillano Miguel Watio inaugura hoy, en la galería Cornión, suexposición 'Camín a niundes', que se podrá visitar hasta el 22 de febrero

Miguel Watio sigue el mismo camino que hace ya tiempo emprendió. Los figurantes que, durante años, aparecían en sus cuadros, deambulando por la vida, ajenos al mundo más allá de sus pensamientos, se reducen, ahora, a siluetas planas que continúan, simplificados, recorriendo la misma senda. Hoy, inaugura en la galería Cornión, su exposición `Camín a niundes', que se podrá visitar hasta el próximo 22 de febrero.

La muestra, la cuarta que Watio ha llevado a esta sala de arte gijonesa, está formada por veinticuatro acrílicos sobre lienzo fieles a su trayectoria. «Sigo haciendo lo que hice en mi última exposición, aquí, en Cornión. Con ella comencé una etapa en la que utilizaba la geometría como fondo para los figurantes y esto cada vez se ha ido simplificando más», explicaba el pintor sevillano. Sus obras han ido haciéndose, paulatinamente, más sencillas, menos artificiosas y van combinando estilos. «Hay mucha geometría y hago una mezcla entre figuración y abstracción», añadía.

Para esta ocasión, el pintor depura, más que nunca, su obra. Se despoja de planos, texturas, gradaciones tonales y de cualquier atisbo de gestualidad para quedarse, únicamente, con lineas rectas, colores planos y vivos y el equilibrio de las construcciones. Con la contemporaneidad por bandera, aunque con un leve recuerdo vanguardista, pasean sus personajes a través de la lineal y austera nada.

Resulta sorprende que un andaluz elija el asturiano para titular su colección, pero es que cuando Miguel Watio descubrió la tierrina, en ella se topó con palabras cuyos significados abarcaban sentidos incapaces de transmitirse con tan pocas letras en castellano. «Hay palabras que impresionan por su significado y que no tienen una traducción literal». Por eso, cuando escuchó y entendió «niundes», cayó en la cuenta de que aquella era la palabra que mejor definía lo que él quería expresar con sus pinceles. «Es una palabra que no se oye mucho, pero que me encanta. En uno de mis cuadros anteriores ya la incluí en un título y, esta vez, me parecía la más apropiada porque pinto caminantes que no saben adónde van», relataba.

Tal vez, a este pintor autodidacta afincado en Gijón desde 2004, se le ha fugado ya la época de los colo-res llamativos y de los movimientos desenfrenados que durante un tiempo reinaron en su obra, para dejar consolidarse los ritmos pausados, los colores suaves y los personajes ensimismados que sienten el mundo bajo la piel y siguen caminando hacia ninguna parte, mientras en su interior libran mil batallas y no acaban de llegar al final, porque aún queda mucho caminar.