Un pintor

4 Diciembre 2015
El insobornable vigía (y viajero) de soledades que en vida fue Aurelio Suárez recibe un simbólico resarcimiento a cuenta del gran homenaje gijonés a que continúa siendo acreedora su obra imperecedera.

Hoy quiero hablar de un pintor, pero me adelanto a advertir a mis lectores que este testimonio carece necesariamente de la relevancia que cabe atribuir al crítico de arte que, desde luego, yo no soy. Hablaré, pues, como el habitual ob-servador de la vida que gira en mi entorno, y mis estimaciones o puntos de vista no alcanzarán más valor del que corresponde a un simple espectador profano en la materia que aborda. Sin embargo, me asalta una duda, y la expongo antes de continuar: ¿es necesario ser experto en arte para sentir, disfrutar o hablar de arte? No, evidentemente. Quien sostenga lo contrario, carecerá de escapatoria y, como ejemplo de ello, me serviré de la música: soy un asiduo seguidor de la de Mozart y, sin embargo, carezco de los más elementales conocimientos de la técnica musical. Y, yendo a la pintura, que es lo que toca hoy, establezca el lector la pertinente analogía.

El pintor de quien me ocupo es gijonés, que es tanto como decir asturiano, y tanto como decir español, y tanto como decir europeo. ¿Qué enigmáticas, oscuras e inverosímiles razones existen para que este artista gijonés aparezca hoy casi como postergado en su propia ciudad natal y no tan dignamente reconocido como se merece entre los grandes pintores surrealistas europeos del siglo XX? La causa principal estriba, a mi juicio, en dos hechos incontrovertibles: el pintor era un hombre que vivió y trabajó casi como un eremita, a la sombra de sí mismo, voluntariamente aislado y ajeno a formalidades y cabildeos mercantilistas. Y, en otro sentido, su desdén hacia los exhibicionismos y las vulgares maquinaciones de camarilla y autopromoción (aquello en lo que Salvador Dalí era un consumado experto) acaso fue incomprendido y burda-mente castigado por la pasividad, la ineptitud y, en suma, por la desatención que recibe la cultura en general por parte de nuestro oficialismo, sobremanera por lo que atañe a la gente de casa. Una curiosa peculiaridad del gran artista gijonés al que voy a citar es su vocación por los objetos de pequeñas dimensiones o "cosas" diminutas, de cualquier material (madera, metal, vidrio, plástico, papel, cartón, cerámica, etcétera) que, por vulgar y anodino que pueda parecer su origen, en las manos del artista y en el juego de su portentosa imaginación se transfigura y alcanza una elevación inusitada.

Hablo, naturalmente, de Aurelio Suárez, nacido y muerto en Gijón (1910-2003), un artista autodidacta que inició su andadura perfilando piezas de loza decorada, hasta lograr conseguir, tenazmente y sin prisas ni atajos oportunistas, la cima de la vanguardia pictórica española iniciada en tomo a la segunda década del siglo pasado. Todo ello como preámbulo de la copiosa tarea que Suárez acabaría granando en una obra de singular carácter surrealista de difícil encasillamiento en la pintura española contemporánea y que él ejecutó, como escribe Javier Barón, como un "ejemplo de obstinación por hacer lo que de verdad quería, y de acierto para llevar a cabo su obra con total independencia, pero con sensibilidad y atención cuidadosa hacia cuanto le rodeaba".

He tenido ocasión de tratar personalmente a Aurelio Suárez, y me enorgullezco de ello. No hemos sido amigos, pero me cupo la satisfacción de pasear con él en tres o cuatro ocasiones por el Muro de San Lorenzo, previa advertencia por su parte de que no habláramos de pintura. Pero sobraba la exhortación del pintor: ¿qué hubiera podido decir yo de pintura a quien todo lo sabía de ella? Por lo tanto, él hizo lo que procedía y lo que le gustaba: mirar al mar, bajar la mirada hacia la arena, subirla a las nubes o comentarme algo sobre el disparate de los edificios levantados a tan discutida altura a lo largo de la avenida de Rufo Rendueles, al tiempo que se interesaba por si llovería o no, y por no sé qué cosas del puente del Piles, y no sé qué curiosidades acerca de las gaviotas. Y él, siempre los brazos cruzados a la espalda y ya ligeramente cargado de hombros, recurriendo a palabras escuetas para decirlo todo en ellas.

Estos días ha llegado una noticia a Gijón, la ciudad desagradecida que, a lo que parece, se obstina en no reconocer a plenitud la enorme importancia de la obra de uno de sus grandes artistas; la ciudad que parece alardear de su mezquindad a la hora de auspiciar la dedicación de un busto o el bautizo de una calle con su nombre, dando preferencia con ello a que se conceda una distinción a cualquier personajillo de escala menor o al politicastro de turno; la ciudad, digo, reacia a percatarse de que Aurelio Suárez esté dejando de ser patrimonio de los gijoneses para convertirse, ya sin vuelta atrás, en patrimonio internacional.

La ciudad de Gijón, repito, ha recibido estos días una noticia que es tanto una bofetada como un reconocimiento: bofetada para quien tiene a mano la obra de Aurelio y se muestra indiferente ante ella.' Y reconocimiento porque es nada menos que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia, de Madrid, la institución que solicita dos obras del pintor con objeto de presentarlas este año (del 26 de abril a13 de octubre) en una muestra donde el asturiano se codeará con Joan Miró, Pablo Picasso, Chillida, Zuloaga, Benjamín Palencia o Maruja Mallo. María Dolores Jiménez-Blanco, la comisaria de la exposición, ha decidido incluir en la muestra dos piezas de Aurelio "que apoyan muy bien el relato de la exposición", titulada en su conjunto `Campo cerrado. El arte español de la posguerra, 1939-1953', inspirándose en el título de la famosa trilogía `El laberinto mágico', de Max " Aub, exiliado republicano en México. Las dos piezas elegidas en esta ocasión como representativas de la obra de Aurelio son `Cárcel' y`Olor a soga', la primera perteneciente al fondo de la galería gijonesa Comión (gran valedora de la obra aureliana), y la segunda, propiedad de una galería madrileña.

Con su presencia en la importante muestra del Reina Sofía, el insobornable vigía (y viajero) de soledades que en vida fue Aurelio Suárez recibe un simbólico resarcimiento a cuenta del gran homenaje gijonés a que continúa siendo acreedora su obra imperecedera.

José Antonio Mases
El Comercio