25 Noviembre 2019

El Peso de "Una tierra leve"

El bosque lo hacen las ramas, las hojas que en un viaje frugal pierden la vida y cubren el suelo y las gotas de resina que se deslizan con parsimonia. La ciudad la construyen las sombras que dejan a su paso los viandantes bajo las farolas, la prisa que imprimen las huellas sobre las aceras y las flores que se marchitan aburridas sobre los balcones. Nicolás Cancio recoge en su exposición Una tierra leve' treinta y dos fotografías en blanco y negro que capturan nimios detalles de la naturaleza y las vidas que tanto imaginó durante su viaje a Japón. La muestra se inaugurará hoy, a las 13 horas, en la galería Cornión.

En estas instantáneas ficción y realidad se unen en un baile que desdibuja sus límites y que las une eternamente sobre el papel bicolor. «Lo documental se junta con lo creati-. vo y se muestra una visión de la vida desde el realismo mágico. Fotografío cosas que estaban ahí, pero que parece que las estoy imaginando», relataba Cancio. La exposición se divide en dos secciones; la primera, dedicada a la naturaleza y la segunda son fotos hechas en un otoño en Japón. «Unas son más paisajísticas, tienen una visión poética de la naturaleza y se fijan en pequeños detalles como puede ser un camino o una rama. La otra parte son fotos hechas en Japón hace dos años, que, aunque también tienen la naturaleza, incorporan la fotografía urbana», explicó.

Así, la primera parte se construye con fragmentos del día a día, con miradas que de pronto se fijan en la banalidad que habitualmente escapa a la vista. Las imágenes no reflejan paisajes espectaculares hacia los que cualquier persona miraría, sino minucias hacia las que volver la vista frente a la inmensidad. Detalles breves y fugaces que, por ser costumbre, no suelen hacer el papel protagonista.

En la segunda sección, los detalles dejan paso a las historias que imaginó el autor al contemplar rincones nipones y a las personas que los habitaban. Cancio les robó una imagen y, mientras los veía, imaginaba la realidad que podría esconderse tras los dedos heridos que ahogaban penas en un vaso, tras una felicidad infantil ajena al mundo que fluía más allá de su disfraz y dentro de las cabinas que, en su lenta agonía, guardan demasiados secretos.

Nicolás Cancio tomó todas estas instantáneas con una inusual calma para este siglo. Él escapa de la rapidez del digital, de la inmediatez artística que se consigue pulsando un botón y viendo automáticamente en la pantalla el momento robado. Por eso, trabajó únicamente con cámaras de película, porque para él la fotografía se hace desde la tranquilidad y desde la paciente espera tras el objetivo sabiendo que solo tendría unos pocos disparos para evitar que la escena que estaba contemplando muriera para siempre.

«Trabajo con cámaras de película, hago mis propias copias y hago el trabajo en mi laboratorio de forma artesanal. No trabajo con formatos digitales. Son todo fotos en blanco y negro y todas han salido de mi laboratorio», relató.

Esta exposición estará en la galería gijonesa Cornión hasta el próximo día 4 de enero. Durante más de un mes, se podrá recorrer con la mirada, desde la calle la Merced, una tierra que pese a su levedad soporta el peso de millones de historias y de infinitos detalles que en cada rincón cambian el paisaje con su efímera existencia. Treinta y dos recuerdos en las paredes de la sala que invitan a mirar más allá de lo inmenso, a fijarse en los pequeños detalles acostumbrados a vivir en la sombra, que recibieron la luz de la cámara de Nicolás Cancio y conocieron si no la inmensidad, sí su intensidad.

Ana Ranera
El Comercio 23-11-2019