18 Enero 2020

Observo las formas de la naturaleza

El escultor japonés trabaja en su taller de Agones escuchando el fluir del río Aranguín y el paso silencioso del tiempo.

Tadanori Yamaguchi (Nagoya, Japón, 1970) evoca divertido con qué curiosidad observaron durante bastante tiempo los vecinos de Agones la llegada de camiones cargados con palets de piedra al lugar donde tiene su estudio. Que un japonés ("¡un chino!", matiza él entre risas) se hubiese ubicado en esa aldea praviana y que allí se pasase el día encerrado en su nave, haciendo ruido y levantando polvo, dedicado a quién sabe qué extraña suerte de actividad, les llamaba poderosamente la atención. Comenzaron a mirarle de distinta manera ("ya normal") cuando vieron su imagen en los periódicos y en la televisión autonómica. Lo relata contagiándonos con sus carcajadas mientras nos lleva, sorteando un portacargas de cuernos, paneles con bocetos, bloques en bruto, radiales, martillos, cinceles, lapiceros, hasta el cuarto donde coloca las piezas ya acabadas. Nos invita a mirar bajo una lente de aumento las alas de una libélula que apareció muerta y devorada por las hormigas en el taller. El intrincado mapa de sus celdillas acabaría tallado en una de sus esculturas esféricas. El arte, nos dirá luego, con un café en la mano, es así, misterio y sorpresa entre lo efimero y lo duradero.

En la pequeña oficina que ha instalado en un contenedor próximo a la nave sonríe ante la presencia agradecida de una estufa eléctrica para hablamos del frío que a veces se pasa en el taller; también del milagro de la luz natural que se filtra a través de sus ventanales, la cercanía del bosque, los prados y el río Aranguín. De sus riberas llegó la libélula. Y ahí, rodeando los muros del taller, está su principal maestra, la naturaleza. "No me canso de observar sus formas, las que adoptan las raíces, el musgo, el mapa de los ríos, los nidos de las hormigas. Nunca se repiten". En esas formas fractales encuentra Yamaguchi un buen camino donde explorar como artista. Habla de los templos tradicionales japoneses construidos con madera: "Si se levantaban en el norte se usaban árboles del norte para preservar su conservación en el entorno. Hay columnas centrales de casi dos mil años que aún están en pie y cada cien, se cambiaba el resto de la estructura. El templo era el mismo", dice.

Aunque el material que predomina en su obra es la piedra -granito, mármol o alabastro- y afirma que le gusta "sentir como pesa", se confiesa especialmente atraído por servirse de la madera: "Es una materia viva". Son cualidades que se pierden, subraya, en el arte digital. No rechaza la tecnología (en su mesa de trabajo un proyector conectado a un ordenador portátil le guía sobre un boceto a lápiz) pero confiesa su necesidad de sentir el tacto fisico de la materia y el de las herramientas manuales para crear. "¿Por qué lo hacemos?"; formula él mismo en voz alta. "La verdad es que no lo sé. Pienso mucho en ello y supongo que se busca dejar algo que perdure en el tiempo cuando ya no estemos. Es lo mismo que perseguían los antiguos luchadores griegos: combatían solo para que su nombre les sobreviviese", apunta, antes de romper de nuevo en carcajadas para añadir: "Yo además me divierto. Menos mal, porque es duro".

Trabaja con minuciosidad y mimo cada pieza, aunque admite experimentar alivio cuando salen del taller. "Es bueno hacer limpieza. Alguna vez destruí obras para iniciar una serie nueva. El artista no puede estancarse, hay que ir siempre más allá".


Tadanori Yamaguchi - Artista

Nació: en Nagoya Japón y estudió en la Universidad de Arte de Kyoto. En 1997 se trasladó a Asturías invitado por el arquitecto Vicente Díez Faixat. Vive en Pravia, la villa de su mujer asturiana.

Expuso: por primera vez en la Galería Ghayamáchi de Osaka y su última muestra individual ha sido 'Dentro y fuera' en la Marlborough de Madrid. Su obra está repartida en diferentes colecciones y espacios de Kobe Japón, a Candás o los jardines del Museo EvaristoValle.

Cornión. Prepara una serie de piezas para exponer a finales de febrero en la galería Cornión de Gijón.

P.A. Marín Estrada.
El Comercio