1 Febrero 2020

Retrato de los creadores asturianos.

BIO.Pablo Maojo. Escultor

Pablo Maojo (San Pedro de Ambás, Villaviciosa, 1961) es uno de los grandes de la escultura asturiana. Transita por un camino artístico muy personal. Sus piezas, siempre con la madera como material, son inconfundibles, rubricadas con cortes, incisiones y colores básicos (azul, negro, rojo...) que solo pueden definirse como "maojianos". Hay quien lo considera, él no sabe muy bien por qué, discípulo de Joaquín Rubio Camín. Quizá sea porque, hasta el fallecimiento del maestro gijonés en 2007, tenían el taller muy cerca el uno del otro. "Él decía que si nos parecíamos era porque éramos del mismo prau". Su primera exposición individual fue en 1982 en Villaviciosa. Hay esculturas suyas en espacios públicos en Oviedo, Gijón y Madrid. Para esta "Muelología", Maojo visitó al estudio de Muel de Dios con alguna de sus obras. Protegido por ellas se retrató.

Muel de Dios
La Nueva España
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El hombre que habla con la madera

La timidez, reconoce, ha sido y aún es "la espina dorsal" de su vida. Y tanto se retira del foco Pablo Maojo que, al explicar cómo concibe su trabajo de escultor, lo que describe es justo lo contrario de lo esperado: "Soy un observador más de lo que hago. Te eligen les obres.
-Les coses están ahí, en el ambiente, necesiten materializase y el vehículo soy yo. Empápeste de algo sin darte cuenta...".

Maojo cree que la escultura consiste en mantener una "relación intelectual" con los materiales, en su caso con la madera, que era lo que tenía a mano un chaval de la zona rural de Villaviciosa. Un material cercano, pero no fácil. No es la piedra, que está muerta. La madera vive, hay que entenderla, es rebelde con humedad y a veces raja. Habla. Será eso, hablar y hablarse, lo que busca Maojo, que se enfrenta a cada pieza practicando lo que llama "trasiego mental": "Ves la pieza y míraste. Y te dices: ¿por qué a mí me dio por hacer esto?".

El hombre que (se) habla con la madera hasta sacarle la forma que ella le está pidiendo descubrió hace poco por qué entre sus colores preferidos estaban el azul y el rojo. "Así estaba pintado el carru que teníamos en casa. Les pértigues de rojo y los laterales de añil. Pintábenlo de añil porque esi color tien una vibración cromática que espanta a les mosques".

Maojo, de ojerona seria, va desprendiéndose de la timidez, y barrunta de dónde vendrá esto suyo con el arte y la madera: de una abuela modista que cortaba patrones y vestía el espacio, y un bisabuelu que era santeru, Benito el roxu, que dejó en herencia un Cristo que, de guaje, dába-y tantu mieu...

Eduardo LAGAR
La Nueva España