8 Febrero 2020

Aspiro a no ser una pintora a la moda

La creadora parraguesa trabaja aliada con la luz en su estudio de un décimo piso en El Bibio, desde el que se ven el monte Deva y el mar

Josefina Junco. Artista plástica.

Pintora autodidacta. Licenciada en Filología Románica, ejerció la docencia en el Instituto Doña Jimena de Gijón hasta su jubilación.

Exposiciones. En 1987 colgó la primera,. `Pinturas', en la Sala Cornión y la última " Caminos" en 2016.
`Espacios y tiempos', en 2011, en la Galería Doña Sancha de Covarrubias.

Obra. Se encuentra en museos y colecciones como la Fundación Evaristo Valle, Caja de Madrid o el Museo Casa Natal de Jovellanos, entre otras.

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Josefina Junco (Arriondas,1949) deja que la usada luz de la tarde vaya inundando su estudio en el último piso de un edificio desde el que se domina una amplia panorámica de Gijón. Tras el cristal, la neblina enreda por la cima del monte Deva y pasa rozando la aguja de la torre de la Laboral, para ir a asomarse a la marina, sobre los prados del Infanzón y seguir la línea del mar. Esa iluminación natural es su principal aliada a la hora de trabajar. La otra es la memoria, que a veces trae los olores de un paseo próximo en el tiempo por los caminos de Somió y a menudo el rumor de un río -el Sella- que le devuelve el eco de la infancia. Sobre el caballete, uno de sus últimos lienzos: `Día de fiesta en Arriondas', un paisaje íntimo de ese tiempo que aún tiembla en el alma de una creadora que reivindica la personalidad de estilo en tiempos de «excesiva homogeneidad» y afirma procurar, con el suyo propio, «no ser una pintora a la moda».

Nos muestra uno de sus secretos de cocina, los cuadernos en los que anota detalladamente algo así como el plan de obra de sus cuadros antes de ponerse sobre la tela. Explica que en su caso, el punto de partida «es complejo y variado, depende de cada obra. Los cuadros más costosos para mí, los que me llevan más tiempo y les doy muchísimas vueltas en la mente, son cuadros como `Día de fiesta'. A ese le di mil vueltas en bocetos y bos-quejos hasta que me decidí a empezarlo».

Relata cómo fue el proceso de selección de elementos-figurativos que podían retratar su reencuentro emotivo con la memoria hasta dar con el esencial, un carrusel de `caballitos' que ocupa el centro de la imagen como un gran sol. «Organizar ese puzle de elementos es realmente lo más difícil», desvela.

La infancia, para Junco, más allá de lo simbólico, «cumple un papel determinante en la formación de la personalidad. La mente del individuo es como una esponja que está absorbiéndolo todo» y en su caso, fue la ventana en la que se desplegó su atracción sensitiva hacia el paisaje. «Mi mundo no era propiamente rural porque debajo de casa no había vacas, las veía en el pueblo, pero vives muy cerca, al lado de un río, los árboles, las flores cuando llega la primavera. Mi madre fue decisiva para inculcarnos ese amor a las sensaciones, los olores, los colores. A mí me daba una manzana para jugar cuando estaba en la cuna y estoy segura de que desarrolló mi percepción en todos los órdenes».

Los trazos y colores de sus pinturas iluminan esa sutil presencia física de una realidad que invita a sumergirse en ella con todos los sentidos.

Admiradora de Valle y Piñole, considera a ambos «maestros en el arte de ver e imaginar y hacerlo visible, como decía Paul Klee. Fueron decisivos al transmitirnos una manera de mirar». La suya busca el mar «que aquí viene a visitarnos a domicilio» o el camino que serpea entre los verdes húmedos de un monte. Pinta, admite como «un intento por detener el paso inexorable del tiempo, que se mantenga algo y si yo ya no lo puedo vivir que lo vivan otros».

P.A. Marín Estrada
El Comercio