26 Diciembre 2020

La escultura es buscar en el vacío

El artista maliayés Pablo Maojo trabaja en un taller al aire libre de la casería familiar desde la que se vislumbra el Sueve y el Valdediós de su amigo Rubio Camín.

P.A. Marín Estrada
El Comercio

Pablo Maojo (San Pedro d'Ambás, 1961) da forma a sus esculturas en un taller al aire libre arraigado en la casería familiar de Castiello. En él trabaja cada día en jornadas que siguen el ciclo de la luz natural, como las generaciones campesinas que lo precedieron, sobre un banco abigarrado de faena, herramientas, sueños con las piezas por encajar y la tácita compañía de una pareja de gatos blancos, discretos, sociables: Baro y Bara. Frente al tajo, la Sierra del Sueve, al fondo, le devuelve cada mañana los primeros colores y una pumarada en la que conviven naranjos con un aguacatero, el brillo sutil de la rosada.

Aquí, en esta finca, comenzó todo para un guaje, criado con cinco hermanos, que atendía al ganado mientras acudía a la Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo y al que desde pequeño le fascinaban las formas de lo más cercano: «De críu veles un engazu (rastrillo) y maravillábate», relata. O cómo durante años utilizó en su Abra los colores azul y rojo: «Cuando me preguntaban explicaba que el rojo era por la tierra y el azul del aire, una manera de interpretar la esencia de uno. Tiempo después me di cuenta de que esos eran los colores del carru de casa», detalla ahora. Considerado uno de los creadores más originales y fecundos de la expresión contemporánea en Asturias y en España, Maojo apela a la ironía sincera para afirmar que «siempre-y tuve mucha reticencia al arte como palabra importante, porque el artista, en esta casa, era un perru. El arte como creación, no sé, considero que ye aquello que se extrapola a lo físico y a lo psíquico del ser humano, algo que sale encima de eso, la comunión de physis y psiquis con el entorno». En su caso se declara «muy consciente del subconsciente, necesito sacar eso de dentro, me cuesta trabajo y lo consigo a base de hacer fuerza. Por eso hago escultura».

En su forma de trabajar desvela que «cuando hago una pieza siempre dejo un margen abiertu a la improvisación, quiero descubrir alguna cosa, no puede estar todo muy amarran porque resúltame plano. Gústame que-yos quede algo de lo que podría haber hecho, agradezco hasta los errores, un pequeñu defectu, porque los humanos no somos perfectos y creo que hay que estimar la imperfección. Ye la lucha en la que estamos». La madera es su material de trabajo y por toda la finca se amontona en las más diversas formas. Hablando de ella y a tiro de piedra de Valdediós, resulta inevitable la memoria a Rubio Camín, maestro y amigo, del que aprendió, entre muchas cosas, que «con motosierra se podíen hacer escultures». También que al utilizarla «la madera ye la que va mandando y dándote la inspiración, la propia grieta te guía. Luego, una vez está el tableru preparáis, ya tienes mediu trabajo. Lo complejo ye da-y la sección». El resto, la composición, en su caso, «son juegos mentales, cuando estás con les formes y los colores en la cabeza hay un tetrix que va encajando pieces, buscando su sitiu. La escultura ye eso, buscar en el vacío».