22 Enero 2021

Arte fuera de la convención

No es una sala de arte, tampoco un museo, pero sus paredes albergan verdaderas joyas, un repaso por el arte hecho en Asturias en este siglo y el pasado de la mano de sus grandes firmas. Camelia, el restaurante que dirige Ricardo Sotres, cuelga en su vestíbulo piezas de Pelayo Ortega y de Javier del Río, da la bienvenida con un sugerente mármol de Tadanori Yamaguchi y en su interior reúne a Valle y a Piñole, a Orlando Pelayo y a Vaquero. Y ahora, además, una amplia muestra de Aurelio Suárez.

Todas las obras proceden del coleccionismo privado y ninguna está en venta. La idea, según expresa Félix Fernández, impulsor y propietario del espacio, no es otra que demostrar que el arte no es algo exclusivo ni elitista, que «no tiene que estar encerrado, que se puede convivir con él».

Amador Fernández, responsable de la galería Cornión, se ocupa del asesoramiento artístico. A su mano se debe en buena medida la selección de obras, también las de la exposición temporal de Aurelio Suárez, proveniente de la que «probablemente es la colección privada más importante sobre el pintor al margen de la que posee su familia».

Combina la muestra piezas de distintas épocas hasta un total de catorce, la mayoría óleos, algún papel, y todos de las dimensiones marca de la casa, el 38 por 46 que entre bromas y veras el pintor describía como «tamaño maleta», tal y como recuerda Amador, que mantuvo una relación profesional y también personal con el pintor fallecido en 2003. Precisamente este mes se cumplen 110 años de su nacimiento.

De 1934 es el cuadro más antiguo, `Composición cuatro', un rotundo papel en el que Suárez empieza a dejar clara su impronta y sus influencias y en el que no falta uno de sus santos y seña: el pez. El más actual, de 1967, `Tripaurelio noveno', es una de las piezas más evocadoras de la colección, una silueta sinuosa en un paisaje cuasi marciano cargada de tintes oníricos. Entre medias, toda esa mezcla de «física, geometría y psicología» que, en palabras de Javier Barón, es su pintura, siempre meticulosamente seriada: un cuadro por mes, una carpeta por año. «Si hay dos febreros del mismo año es que uno es falso», cuenta Amador que contaba. Ahí están `Paisaje urbano' (1950), con su ironía enmarcada en líneas rectas; 'Buscamor' (1940), cargado de simbolismo y dobles intenciones; el surrealismo daliniano de `Vuelo inicial' (1939); la brutal carga simbólica en el infinito de `Herencia biológica' (1934) o la pura belleza de 'Teleósteo', de nuevo el pez, esta vez humanizado.

La muestra permanece abierta al público, de momento sin fecha de clausura.

María de Álvaro
El Comercio