8 Mayo 2021

Los consejos, solo si te los piden

Pelayo y Javier Ortega, padre e hijo unidos por el arte, se han redescubierto hace poco como «tíos enrollados con los que ir de cañas»

AZAHARA VILLACORTA
El Comercio

Pelayo Ortega, 65 años, vaca sagrada y consagrada del arte español sin ínfulas de nada, lienzos de Gijón para el mundo, eclecticismo en estado puro, solo tuvo un hijo con su mujer Ángeles: Javi. Y le cambió la vida. «Ser padre trastoca el orden de las cosas. A partir de la paternidad y la maternidad, vives al ritmo que ellos te marcan, y las parejas que no entienden que la vida se transforma en algo diferente y pretenden seguir como antes suelen terminar mal», bromea este padre-pintor que, cuando Javier tenía tres años (ya ha cumplido 34), decidió regresar a Asturias tras disfrutar la efervescencia de la Movida madrileña «para que el chiquillo se criase cerca de sus abuelos, para que las raíces no desapareciesen».

Fue una infancia «muy pensada» en la que el peque se colaba en el estudio de aquel pintor-padre «presente y colaborativo» que tenía el taller integrado en la vivienda y que se organizaba perfectamente para llevarlo al cole y a las extraescolares, trasteando entre lienzos y pinceles «como algo muy natural».

Así que, cuando en la veintena Javi le dijo que quería emprender el regreso a la capital para estudiar diseño gráfico y, de ahí, dar el salto a la música y a la pintura, sus dos grandes pasiones, a Pelayo no le extrañó demasiado, porque, «aunque no fomentase de forma premeditada que se dedicase a esto, lo que te rodea en casa está claro que te puede influir» poderosamente. Y, además, ya había reconocido en él esa sensibilidad artística que, en la obra de Javier Ortega, transita por lo digital, cambiando el analógico lienzo que su progenitor se niega a abandonar por el ordenador.

Un creador que justo antes de la pandemia protagonizó en la gijonesa galería Cornión su primera exposición individual, 'Dimensional Flush', un trabajo que le llevó dos años, con obras realizadas sobre metacrilato y aluminio, muchas de ellas retroiluminadas, repletas de alusiones al cosmos. De materiales sobre los que intervenía con pinturas acrílicas para enlazar el arte de siempre con el del presente y el futuro.

Y ahora es Pelayo el que ha vuelto a Madrid, donde tiene galería y pasa largas temporadas. Y, entonces, 'okupa' el estudio de Javier. Eso sí: creando uno y otro a una prudente distancia: «No nos llevamos mal del todo».

Porque, para Pelayo y Javier Ortega, «los consejos es mejor darlos solo si te los piden» y, en el terreno artístico, como en la vida, «cada uno tiene que seguir su propio camino. Es aquello de que, aunque te digan que te estás equivocando, te tienes que equivocar por ti mismo».

Y en eso está ahora el más joven de esta saga: «Es verdad que es una responsabilidad. Que tienes que estar a la altura del legado de un gran artista. Pero también es una suerte y un orgullo que sea alguien tan reconocido y tan reconocible y que la gente, cuando ve uno de sus cuadros, diga: 'Es un Pelayo Ortega'. Yo también busco eso y ahora estoy haciendo una obra más constructivista, evolucionando...».

Una búsqueda en la que, de repente, aquel niño hoy grande que ahora se siente «asturiano en Madrid y madrileño en Asturias, un poco en tierra de nadie», acaba de descubrir un nuevo universo: «De repente, te das cuenta de que tu padre era un tío enrollado y que, marcando las distancias de que sea tu padre, disfrutas saliendo a tomar unas cañas con él».