7 Abril 2022

Esta exposición tiene valor documental

De la mano del Aula de Cultura, Amador Fernández y Pelayo Ortega guiaron una visita por la muestra 'Semblanza de Gijón'

ANA RANERA
El Comercio

«Esta colección de dibujos tiene valor artístico, pero, por encima de eso, tiene el valor de reflejar un Gijón que ya no existe». Con esta convicción comenzó ayer Pelayo Ortega la visita que guió por la exposición 'Semblanza de Gijón', en el Museo Nicanor Piñole. De la mano de los museos de Gijón y el Aula de Cultura de EL COMERCIO y acompañado por el galerista Amador Fernández, el pintor caminó entre veinticinco de las obras originales que, en 1989, ilustraron el libro 'Semblanza de Gijón. En prosa y aguafuerte', editado por Urrieles (un sello creado de aquella por Fernández y otros dos socios).

En esa publicación ahora revivida, se daban la mano literatura y pintura, gracias a las palabras del entonces director del diario EL COMERCIO, Francisco Carantoña (Muros, 1926-Gijón-1997), y a los dibujos del artista gijonés, que se encargó de la parte visual de la obra. «Cuando empezamos a trabajar, nosotros teníamos claras las ideas, queríamos hacer una descripción de la ciudad y, la verdad, es que fue fácil porque Carantoña y yo formamos un equipo muy fructífero», relataba Ortega. Y sus palabras las matizaba Amador Fernández: «Hay que pensar que Pelayo no es el ilustrador del libro, sino que es Carantoña el que ilustra las imágenes con sus escritos».

Y eso que, para hacer realidad esta publicación, Ortega estuvo «un año dibujando», según recordaba. «Procuré dar juego y pintar desde distintos puntos de vista. Hice múltiples imágenes de la playa y también procuré ir a sitios más atípicos», confesaba. Por ejemplo, a El Llano, su barrio natal que, en aquellos años ochenta, poco o nada se parecía a lo que hoy conocemos. «Aproveché la libertad que me dieron para fijarme también en esos sitios que entonces eran suburbios».

Esa variedad y ese rigor en los dibujos lograron que «esta colección tenga cierto valor documental», apuntaba Ortega. «Esto ya no es lo que era y aquí queda demostrado. Tanto es así que, si tuviera que hacer una semblanza de la ciudad ahora, probablemente no volvería a hacerla con carboncillo, sino que, quizá, necesitaría hasta tirar de acrílico para reflejarla en condiciones», se aventuraba. «En su día, elegí esa técnica porque representaba la grisura, pero ahora las fachadas de Cimavilla están restauradas, ya no son arqueología pura, ni el puerto es el pesquero que veíamos entonces», ampliaba. Y ese realismo hace que sea «una colección de muchísimo nivel», tal y como incidía Fernández. «Está mal que lo digamos nosotros, pero es así y yo estoy orgullosísimo de haber formado parte de un proyecto como este», zanjaba.