25 Abril 2022

La mirada escrita. Amador Fernández

Montañero, galerista y librero, tal vez por ese orden.Además, ha editado libros y ha sido presidente del grupo de montaña Torrecerredo y de la Federación Asturiana de Montaña. Al frente de la inolvidable librería Cornión desde 1981, actualmente ha transformado ese espacio en su totalidad en galería de arte.

En Amador Fernández concurre esa circunstancia tan habitual entre tantos habitantes de Gijón: la 'procedencia de las cuencas y el modo en que la vida y el carácter que estas imprimen se funde con la vida y el carácter gijonés, para que el resultado sea tan especial y tan reconocible. En su caso, el cambio de la estrechez del valle y la verticalidad de las montañas por la amplitud inabarcable del horizonte que se adivinaba más allá de la inmensidad del mar, se produjo a una edad tan temprana, ocho años, que el recuerdo de los días en Sama, la sombra del Pozo Fondón, y las horas grises quedaron archivadas en la remota memoria.

Y no es que se hubieran borrado: Amador Fernández nació en Langreo en uno de esos días largos cuando se estrenaba el verano de 1953. Hijo único de una madre a la que le había tocado ejercer de tal con los muchos hermanos pequeños de una familia numerosa y de un padre que había sustituido sus años de formación conventual por el compromiso político y sindical, tuvo de muy niño, entre tebeos del Jabato, conciencia de las dificultades que traía consigo la dureza del trabajo, las estrecheces por las que pasaban vecinos y conocidos y también la solidaridad, el rigor de la persecución a quienes levantaban la voz, y el sufrimiento. Lo difícil que era todo.

Si se rastrea en la mirada de Amador Fernández es posible intuir que el tiempo no ha sido capaz de arrebatar la franqueza, ese pacto secreto con la sensatez de quien ha conocido cuál es el precio de cada decisión y ha sabido mantener el rumbo sin traicionarse. La barba como una sombra discreta resulta perfecta para mantener a raya cualquier tentación de estridencia de la risa, pero no es difícil sospechar cuánto de ironía y de humor habita al otro lado de la aparente seriedad.

En su biografía hay un desafío a lo geográfico. Porque si los puntos cardinales son cuatro, Amador los ha reducido a tres, pero imprescindibles para construir una vida: la montaña, los libros, el arte. Y todo ello desde un centro que tiene que ver con la familia, que irradia infinitos sin moverse del espacio limitado de la calle de la Merced de Gijón, cuya historia podría escribir con los ojos cerrados. Su vida laboral se narra unida primero a la librería Atalaya, donde conoció de la mano de su dueño Eduardo Vigil todo lo que luego se convirtió en pasión. Después estuvo durante unos años en una empresa de ingeniería. Para volver en 1981, a punto de ser padre, con las ideas muy claras de sustituir un muy buen sueldo por el placer de una librería donde continuar con aquello que se había convertido en el eje de su vida: los libros que ha vendido durante muchos años y también ha editado; la montaña, que le ha llevado a coronar sietemiles por el mundo, aunque siempre vuelva a los Alpes y a Picos; el arte, que está ineludiblemente unido a la amistad de todos los artistas que han ido haciendo de Cornión tanto librería como galería, el espacio en el que mágicamente resucitó el placer de la conversación. Como cuando era apenas adolescente y escuchaba con los ojos muy abiertos a Piñole o a Antonio Suárez, como ahora disfruta de la amistad que se mide en décadas con Pelayo Ortega, con Melquíades Álvarez, Fernando Redruello y tantos otros.

En la mirada de Amador Fernández hay constelaciones enteras que se escriben con paisajes, con ascensiones complicadas, con palabras que se suman y escriben las historias más hermosas, con pinceladas, volúmenes y trazos, con sombras y luminarias. Y en el fondo de esos ojos que han conocido la inmensidad que se contempla desde lo más alto, sigue presente el niño que por primera vez descubrió que el mar venía a ser como el Nalón pero era imposible atisbar la otra orilla.

Laura Castañon
El Comercio