30 Mayo 2022

Tesoros escondidos frente al mar

Obras de arte. El antiguo edificio del Banco Urquijo. en el corazón de Gijón, alberga varias decenas de cuadros de artistas cono Evaristo Valle. Piñole, Vaquero, Linares y Aurelio Suárez.

Los ruidos del puerto se sosiegan hasta callarse al entrar en el edificio del antiguó Banco Urquijo de Gijón, hoy sede de EL COMERCIO. Junto a las `letronas', impera la calma y solo se escucha el hilo musical del espacio gastronómico que se esconde en la planta baja. Precisamente, ese lugar es el que guarda los mayores tesoros de este edificio, porque, por sus paredes, se reparten varias decenas de obras de arte que merecen pararse y contemplar. Nada más entrar, de hecho, uno ya se da de bruces con una hilera de obras de ese Gijón que tantas veces y tan bien retrata nuestro cronista con pinceles Pelayo Ortega. Y el recorrido sigue, como si se tratara de una visita a un museo, salpicado de nombres fundamentales de la historia del arte reciente.

Frente al pasillo, se erige un Manolo Linares de los años sesenta y, a pocos metros, un Barjola inconfundible que comparte miradas con una pieza de blanco impoluto de Tadanori Yamaguchi.

Todas estas llaman poderosamente la atención, pero las joyas de la corona-como no podía ser de otra manera- son varios cuadros de Evaristo Valle y unos cuantos más de Nicanor Piñole, que dejan ver algunos paisajes asturianos -y hasta leoneses- que el observador intenta inevitablemente ubicar con éxito en su mapa mental.

Muchas de estas obras llegaron a la colección de Félix Fernández Sevilla por herencia familiar, y tienen un gran valor sentimental porque lo llevan a revivir los recuerdos de toda una vida y de quienes lo acompañaron en su caminar.

«Mi abuelo fue el encargado de una sala de arte, la primera profesional que hubo en Gijón, y ahí entró en contacto con muchos de estos creadores», explica. Lo dice antes de pararse junto al puntillismo (recién restaurado) de Darío de Regoyos y seguir el camino, apostándose frente a una obra de Vaquero que le gusta especialmente. «Me transmite mucho, es diferente al resto de este autor», apunta.

Fernández Sevilla lleva toda la vida -como se nota en cada una . de sus palabras- viviendo entre arte y, aún así, promete que se deja guiar por el ojo de Amador Fernández, el dueño de la galería gijonesa Cornión. «Yo compro cosas, pero es él quien me ha ido ayudando, porque nos conocemos desde siempre», señala, restándose importancia. Lo dice mientras deja a sus espaldas un pasillo del que cuelgan varias piezas de Aurelio Suárez. «Tendré unas diecisiete», calcula, porqué aparte de las que pueden verse en Camelia, atesora unas cuantas guardadas en su hotel de Andrín y son las encargadas de- poner la nota onírica a esta impresionante colección.

Tan impactante es que una de sus joyas, de Roberto Fernández Balbuena, forma parte ahora mismo de una exposición en el Museo Thyssen de Málaga. «En estos momentos, todo lo que tiene colgado este espacio es museable», señala Amador Fernández, sabiéndose en un paraíso del arte. «Son piezas muy importantes que podrían formar parte todas ellas de una exposición», añade, antes de recordar que «la historia del arte asturiano, desde Evaristo Valle hasta el presente, está aquí perfectamente representada».

Y, pese a todas estas joyas que guarda Félix Fernández, su favorita es la que menos valor económico parece que tiene. «Es una obra sin firmar que estaba en mi casa. Pertenecía a mi familia, pero no sé ni siquiera de quién es», cuenta. «La pieza está hasta sin acabar, pero es uno de mis cuadros preferidos, porque la mirada de esa chica me parece algo único». Los ojos de esa mujer que mira, desde el lienzo, son los encargados de custodiar todos los tesoros que alberga el antiguo edificio del Banco Urquijo. No sé sabe quién la hizo a ella realidad, pero. lo que sí se sabe es que, en los últimos tiempos, se ha ido acostumbrando a convivir con los nombres más importantes de la historia del arte reciente. Quizá ella también haya sido fruto de uno de ellos y quizá algún día se desentrañe el misterio de su autoría, pero, mientras tanto, tendrá el valor de poseer la mirada que más transmitede esta colección de arte que podría estar en un museo, pero que prefiere airearse junto al mar.

Ana Ranera
El Comercio